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Posdata
biográfica de una entrevista filosófica
Henry Corbin
Al releer
el texto de mi entrevista con Philippe Némo, tengo la impresión que
la mayoría de las preguntas esenciales
que ocuparon mi vida de investigador fueron abordadas al menos alusivamente.
Ciertamente hubo fisuras, por las cuales habrían podido pasar muchas
conjeturas y explicaciones no superfluas. Pero entonces la entrevista
duraría a lo mejor aún…
De todas
estas fisuras, hay aquellas donde podían o debían intercalarse algunas
precisiones sin las cuales las etapas del itinerario espiritual, las
fases de la “curva de vida”, no aparecen quizá con una claridad suficiente.
Aludí a mi formación original de filósofo. Que un joven estudiante de
filosofía encuentre la filosofía alemana, no hay allí nada de imprevisto.
Que tome el camino de la filosofía islámica, en árabe y en persa, esto
es ya mucho más inesperado. Que combine las dos vías, el caso es esta
vez bastante raro. ¿Cómo estos encuentros tuvieron lugar?
Nadie se
asombrará de que un estudiante de filosofía, que haya concientemente
revisado a los autores del programa de la licencia, haya deseado explorar
nuevos continentes que no figuran en los programas de estudio. Entre
estos continentes, poco explorados, había la filosofía medieval, cuyo
estudio sería completamente renovado por las investigaciones y las publicaciones
de Etienne Gilson. Una aurora se levantaba sobre este continente olvidado,
la cual bastaba para atraer a un estudiante ansiado de ampliar su aventura
filosófica. Si mis recuerdos son exactos, Etienne Gilson comenzó su
incomparable enseñanza en la Sección de las Ciencias Religiosas de la
Escuela práctica de Altos Estudios entre los años 1923 y 1924. En todo
caso, fue bien a partir de aquel año que fui su auditor.
Quisiera
dejar constancia de una vez por todas del recuerdo deslumbrante que
me dejaron los cursos de Etienne Gilson, que seguí durante varios años.
Su método no consistía de ninguna manera en hacer traducir algunas líneas
de texto por un estudiante, en pedir el dictamen de los otros, para
finalmente dar un comentario cualquiera. ¡Lejos de esto! Era un tiempo
en que los estudiantes veníamos a escuchar al maestro, no a sus compañeros,
porque no se ponía en duda que el maestro supiera un poco más que ellos.
Gilson leía los textos latinos, los traducía y él mismo sacaba de ellos
su contenido, tanto implícito como explícito, en un comentario magistral,
siempre profundizando las cosas. Mi admiración fue tan grande que opté
por tomarlo como modelo, y mucho más tarde yo intenté de preparar, para
la filosofía y la teología islámica, los cursos que habría querido escuchar
en aquella época, pero que nadie hacía. Entre los textos explorados
por Etienne Gilson, durante estos años fértiles, hubo los textos traducidos
del árabe al latín por la Escuela de Toledo, en el siglo XII, comenzando
por el célebre libro de Avicenne: Líber sextus Naturalium, al que el comentario de Gilson daba una singular
importancia. Fue mi primer contacto con la filosofía islámica. Descubrí
una connivencia entre la cosmología y la angelología, por la que me
pregunté si no habría razón de profundizarla bajo otros aspectos, y
creo que esta preocupación angelológica ya no se separó de mí a lo largo
de toda mi vida.
Pero en
la espera de que esto se realize, una primera tarea se proponía como
ineludible. Para ir más lejos, era necesario ir a ver uno mismo los
textos. Para ir a ver uno mismo, era necesario ponerse al estudio del
árabe. El mismo Gilson fue quien me animó para ello. Esta es la razón
por la que, a partir de la vuelta a clases del año universitario 1926-1927,
dando la espalda a la « agregación », tomé
el camino de la Escuela Nacional de las Lenguas Orientales. En
ese entonces, esta escuela no era en absoluto la gran “máquina” que
ella pasó a ser hoy día. El pequeño edificio de la calle de Lille presentaba
el estado íntimo de una Escuela, más o menos similar a como la había
dejado Silvestre de Sacy. Para cada lengua no éramos más que un puñado
de estudiantes, y con mi colega y amigo Georges Vajda éramos los únicos
filósofos como extraviados en
este respetable establecimiento. Esta entrada a la Escuela de las Lenguas
Orientales preparó mi entrada en la Biblioteca Nacional, donde fui llamado
como orientalista a partir de noviembre de 1928. Y paradójicamente este
paso por la Biblioteca Nacional desembocó más tarde en mi escape definitivo
hacia el Oriente.
Paralelamente a ésto, otra enseñanza fue capaz
de desviar a un joven y ardiente filósofo de la vía común de los programas
probados. Fue la enseñanza de Emile Bréhier. Incluso hoy, aproximadamente
cincuenta años después, tengo la impresión que el recuerdo de los nombres
de estos dos principales maestros produce destellos. Emile Bréhier,
más o menos heredero de las concepciones filosóficas del Aufklärung, profesaba que no existe una filosofía cristiana. Toda
la obra de Et. Gilson le infligía un desmentido, y nos era difícil salir
de un curso sobre Duns Scot, Doctor
subtilis, y aceptar de que no existe una filosofía cristiana. ¿Pero
cómo convertir a un racionalista perfecto con la idea qué los datos
de los libros santos puedan ser el apoyo de la meditación y de la investigación
filosófica? Si esto se rechaza, ya no habrá ni filosofía judía ni filosofía
islámica. Ni siquiera se sabe si el Maestro Eckhart y Jacob Boehme tendrán
aún un lugar en la historia de la filosofía alemana. La paradoja va
aún más lejos, pero no hace más que traducir uno de estos “métodos del
ser” del cual hablábamos en la entrevista que precede, que ninguna fuerza
humana exterior puede esperar hacerlos ceder.
Sea lo que fuera, Emile Bréhier estaba profundamente
concentrado en ese entonces en las Ennéades de Plotin, pues preparaba la traducción y la edición. En
1922-1923 había dado una clase magistral sobre Plotin y el Upanishads en la Sorbona, y en los cursos de los años siguientes recogían
las repercusiones de aquel éxito. De nuevo se plantea la pregunta: ¿cómo
un joven filósofo ávido de una aventura metafísica, resistía a esta
llamada : profundizar las influencias o los rastros de la filosofía
india sobre la obra del fundador del neoplatonismo? Para realizar esta
tarea solamente era necesario “estudiar” el sánscrito. Pero ya había decidido “estudiar ” el árabe. ¿Cómo reconciliar
los dos? Era necesario elegir uno u otro, es lo que aconsejaba imperativamente cada filólogo o lingüista
consultado. Sinembargo, el filósofo tiene sus razones que el filólogo
no siempre comprende. Incumbía al filósofo optar, en escondrijo, por
supuesto, por la solución heroica: comenzar a la vez el estudio del
árabe y del sánscrito. Fue un famoso período de ascetismo mental, yo
lo puedo garantizar. No pudo prolongarse más allá de dos años. Saqué
provecho de ello: que en la actualidad si se me ocurre leer un
libro de filosofía india o budista, los términos técnicos sánscritos
interpolados no me son totalmente extraños. Pero a los
dos años, encontré en la vía del Oriente el “hito indicador ”
que me indicó la dirección decisiva de un camino sin regreso. En adelante
mi camino pasaría por los textos árabes y persas.
Es necesario decir que el filósofo, quien ha
tomado la senda de estudiante de árabe extraviado con los lingüistas,
pensó fallecer al tener como única comida las gramáticas y los diccionarios.
Al recordar las comidas copiosas que eximía la filosofía, más de una
vez me pregunté: ¿Qué hago aquí? ¿Dónde me extravié? Había sin embargo
un refugio, donde ya se eximía la más fina sustancia de la espiritualidad
islámica. Este refugio se llamaba Louis Massignon el cual a partir de
1928, acumuló su enseñanza en el Colegio de Francia con la dirección
de los estudios de Islamismo, en la Sección de las Ciencias Religiosas
de nuestra Escuela de Altos Estudios. En ese entonces no podía presentir
que un día yo le sucedería en su última cátedra. Los contrastes entre
los cursos metódicos y rigurosos de un Etienne Gilson y los de un Louis
Massignon eran “estupendos”. Es cierto que, el maestro distribuía a
principios del año un programa con un tema general sobre una serie de
lecciones. ¡Pero para qué los
programas! Sucedía que una lección comenzaba por algunos de estas intuiciones
fulgurantes de las cuales el gran místico Massignon era pródigo. Y luego
un paréntesis se abría, y luego otro, y luego otro… Finalmente
el auditor se encontraba aturdido y extraviado en plena grandilocuencia
del maestro con la política británica en Palestina…
Con todo
había que ver, y efectivamente veíamos, sólo un aspecto necesario de
la pasión que quemaba a Massignon. Nadie se ha escapado de su influencia.
Su alma de fuego, su penetración intrépida en los misterios de la vida
mística del Islam, donde nadie aún había penetrado de aquella forma,
la nobleza de sus indignaciones ante las cobardías de este mundo, todo
esto gravaba inevitablemente una fuerte impresión en el espíritu de
sus jóvenes auditores. Es verdad que, con el transcurso de los años, era imposible no darse cuenta
de algunos puntos débiles, de algunas flaquezas. Un poco tarde, se afligió
cuando sus amigos no pudieron seguirlo en sus opciones políticas. Pero eso no altera de ningún modo la veneración con la cual yo menciono
el recuerdo de Massignon. El reservaba a los filósofo sorpresas, ya
que su formación original no era de ninguna manera filosófica. De ahí
que a veces él tenía ciertas vacilaciones en su vocabulario, cuando no
estaba en algunas posiciones adoptadas. He conocido
algunos días a un Massignon ultrashiita, y le debo muchos sobre este
punto: sus estudios sobre Salmân Pâk, sobre el Mobâhala, sobre Fátima,
reservan aún minas de intuiciones que deben explorarse, combinándolos
con los resultados de las investigaciones llevadas desde entonces. Pero
en otros días, lo encontraba vituperando al shiismo y a los shiitas,
cuyos grandes textos le habían seguido siendo extranjeros. Yo tomaba
su defensa haciendo oposición que su concepción del Imâmat no fuera
de ninguna manera “carnal”, sino que el vínculo de familia terrestre
entre el Imâms sólo era la imagen de su vínculo pleromático eternal.
Massignon se asombró entonces de “mi” ultrashiismo. ¿Acaso no abordaba
yo un extenso estudio de los textos de gnosis ismaelita? Pero supo valerosamente afirmar que el Islam iraní había liberado el Islam
de todo lazo racial, étnico o nacional, aunque me reconociera que nunca se había sentido totalmente “en casa”.
Por ello Massignon se alarmaba cuando yo seguía simplemente la línea
inscrita en el proyecto deliberado y las obras de Sohravardî, “résurrecteur de la théosophie de la Lumière des sages de l’ancienne Perse”
(Resurector de la Teosofía de la Luz de los sabios de la antigua Persa).
No “mazdeanize” demasiado, me recomendaba. ¿Qué hacer entonces? En primer
lugar no valía equivocarse en cuanto al tema que se abordaba. A continuación
no debíamos olvidar la razón del porqué se venía a verlo, y tener firmemente
en mano el hilo de la entrevista. Así era como surgían muchas oportunidades
para que regresáramos colmados.
De este modo, creo yo que fue alrededor del
año 1927-1928, le hablé de las razones que me habían llevado al estudio
del árabe siendo filósofo, de las
preguntas que me planteaba
sobre las relaciones entre filosofía y mística, de lo que conocía, por
un bastante pobre resumen en alemán, de un determinado Sohravardî… Entonces
Massignon tuvo una inspiración del cielo. El
había traído de un viaje a Irán una edición litografiada de la obra
principal de Sohravardî, Hikmat
al-Ishrâq : “La Teosofía oriental. ” Con los
comentarios, esto formaba un gran volumen de más de quinientas páginas.
“Tenga, me dijo, creo que en este
libro hay algo para usted”. Este « algo » fue la compañía
del joven Shaykh al-Ishrâq que no me ha dejado durante toda mi vida.
Yo siempre he sido un platonista (en sentido amplio de la palabra, por
supuesto). Creo que se nace platonista, como se puede nacer ateo, materialista,
etc. Misterio insondable de las elecciones
preexistenciales. El joven platónico que yo era entonces no podía sino
llenarse de fuego al contacto del que fue “el Imâm de los Platonicienses
de Persa”. He hablado tanto de él en mis libros, publicando y traduciendo
sus obras, que no añadiré nada aquí, si no para señalar alguna característica
decisiva.
Mi encuentro
con Sohravardî, fue lo que selló mi destino espiritual en la travesía
de este mundo. Este platonismo se expresaba en los términos de la angelología zoroástrica de la antigua Persa,
iluminando la vía que buscaba. No había más que permanecer entre el
sánscrito y el árabe. El persa se encontraba allí en el centro, como
un mundo mediano y mediador, ya que la Persa, el viejo Irán,
no es solamente una nación o un imperio, sino todo un universo
espiritual, un hogar de la historia de las religiones. Este mundo estaba
dispuesto a acogerme, y me acogió. Desde aquel momento, el filósofo
pasó a engrosar las filas orientalistas. El dirá más tarde, instruido
por una larga experiencia, porque le resulta que en adelante, no los
orientalistas, sino los filósofos son los únicos capaces de asumir la
“filosofía oriental”.
La gran aventura comenzó. Normalmente después
de la licencia y del título de estudios superiores de filosofía, hubiera
sido necesario seguir los cursos de la « Agregación ». Esta
era la vía de la sabiduría, sin imprevistos, tan rutinal que un digno
profesor de la Sorbona al que encontré en casa de amigos y al que informé
del curso de mis decisiones, me preguntó paternalmente: ¿“Pero tiene
Usted una fortuna personal o tiempo que perder? ” Gracias a Dios
no tenía ni lo uno ni lo otro. Pero como aguantar las clases y las perspectivas de la « Agregación »,
cuando uno tiene en mente una gran intención: la de hacer con esta filosofía
iraní, cuyos grandes nombres aparecían a través de los comentaristas
de Sohravardî, lo que Et. Gilson había hecho con la filosofía mediaval
del Occidente, es decir “resucitarla”. Una apuesta, quizá, contra los
riesgos del destino. Pero esta apuesta, creo que el cielo me concedió
el favor de mantenerla hasta el fin y
de ganarla.
Hemos rapidamente resumido, la “carrera” del filósofo orientalista, su
encuentro decisivo con la tierra de Irán “color del cielo” y “patria
de filósofos y de poetas”. Con todo, la entrevista con Philippe Némo
se interesó sobre todo por el encuentro de la misma persona, del filósofo
iranólogo y del traductor de Heidegger. Entonces esta posdata debe mencionar
otro encuentro, el encuentro con la vieja Alemania de hace años, ella
también “patria de filósofos y de poetas”. Dos encuentros, esencialmente
complementarios el uno del otro. ¿Cómo se produjo este último?
Quizá nosotros no seamos más que algunos supervivientes
de entre los amigos de los hermanos Baruzi, pareja fraternal, asombrosa,
inimitable : José, el mayor, autor de La Volonté de métamorphose, (La Voluntad de la metamórfosis), del Sueño
de un siglo, el musicólogo que suministró regularmente a la revista
Le Ménestrel sus artículos con un profundo
pensamiento musical. Jean, el más joven, pasó veinte años de su vida realizando una enorme tesis sobre
San Juan de la Cruz, la misma que tuvo su admiradores y críticos. Jean
Baruzi reemplazó a Alfred Loisy en el Collège
de France antes de volverse
él mismo titular de la cátedra sobre Historia de las religiones. Sus
cursos eran seguidos con una fidelidad apasionada por una multitud de
estudiantes, contándose entre
ellos un buen número de alumnos de la Facultad de teología protestante
de aquella época. El nos reveló la teología del joven Luther, que estaba
entonces al orden del día de las investigaciones teológicas en Alemania.
A continuación otros grandes espirituales del protestantismo: Sebastián
Franck, Caspar Schwenkfeld, Valentin Weigel, Johann Arndt, etc. El maestro
no disimulaba ninguna de las dificultades que encontraban sus exposiciones
de primera mano pero, como en un mar de vida espiritual, triunfaba sobre
todas las dificultades. Era muy innovador, cautivante. Comencé a percibir
algunas consonancias, como la llamada de campanas alejadas que invita
a explorar las regiones que cubre lo que debía llamar más tarde “el fenómeno del libro santo”.
Era la vía de la herméneutique que ya se abría paso en las brumas matutinas.
Si, por un lado yo había decidido escuchar a Avicenne interpretado por
Et. Gilson, y ponerme en persona
al estudio del árabe, en cambio me era imposible escuchar la vía de
los Spirituels interpretados por Jean Baruzi,
sin tomar la decisión de ir a ver in situ. Fue Jean Baruzi quien me
mostró el camino de la Alemania de los filósofos y de los “próceres”
de la espiritualidad mística. Mi primera etapa fue Marburg.
Por ello, Irán y Alemania fueron
los puntos de la orientación geográfica de una búsqueda que se continuó
en realidad en las regiones espirituales que no están marcadas en nuestros
mapas. Yo les recuerdo aquí, apoyándome de lo que decía al principio
de la entrevista con Philippe Némo. El filósofo prosigue su búsqueda
respondiendo con total libertad a la inspiración del Espíritu. Mis amigos
iraníes saben muy bien que no puedo aislar mi amistad con Sohravardî
y los suyos, asi como mi amistad con Jacob Boehme y su Escuela. Creo
que la unión de lo que ellos simbolizan hizo de mi lo que soy hoy en
día.
El círculo de amigos agrupados en torno a los
inseparables hermanos Baruzi era en sí una invitación a tentar las aventuras
del Espíritu. Por su inmensa cultura, su sentido de los valores más
delicados, los más sutiles del arte y la vida, los dos hermanos eran
los testigos de un siglo diferente, eminentemente representativos de
una Europa y de una sociedad europea, desaparecida en la primera y en
la segunda Guerras Mundiales, que no conseguimos rehacer, aún un poco,
ya que la influencia de los demonios y poseídos que profetizó
Dostoïevsky es demasiado obstinada y profunda. En casa de ellos,
plaza Victor Hugo, se organizaban reuniones frecuentes, además de sesiones
del “seminario” que Jean Baruzi celebraba en su casa y que se prolongaban
hasta muy avanzadas horas de la noche. Nos encontrábamos como participantes,
con toda clase de personalidades europeas inesperadas. La presencia
de nuestros compañeros alemanes era siempre importante. Jean Baruzi
daba a las conversaciones la forma que habrían tenido, si se hubieran
llevado a cabo en el Weimar de Goethe. Fue el profesor que suprimió
toda distancia oficial entre el maestro y los estudiante. Sólo subsistía
aquella de la amistad deferente, una amistad que iba creciendo año tras
año. Aquellos que, como yo, tuvimos el privilegio de conocer esta clase
de relaciones por las que el maestro comunicaba su conocimiento de una
manera infinitamente mejor que en cualquier curso, están hoy estupefactos
al oir que los estudiantes se quejan de la inaccesibilidad de sus maestros.
Ellos se dan cuenta del triste cambio del tiempo. ¡Marburg an der Lahn!
Jean Baruzi tanto más supo guiarme hacia este alto lugar, cuanto que
precederme y trabó amistad con Rudolf Otto, y con Friedrich Heiler.
¿Cómo explicar el deslumbramiento de un joven filósofo que desembarca
en Marbug a principios de julio de 1930? El encanto de los lugares,
de esta “colina inspirada” que no vive sino por y para la Universidad,
los espléndidos bosques de los alrededores… Yo me quedé más de
un mes. Mi primera visita fue para Rudolf Otto, que
ya era entonces emeritus pero cuya presencia seguía siendo muy activa,
pues él era una alta figura de la Alemania protestante liberal. Sus
libros sobre “ Le Sacré ”
(Sagrado), sobre “ La mystique d’Orient et d’Occident ” (La mística entre el Oriente
y el Occidente), su profundo conocimiento de las Escuelas filosóficas
y religiosas de la India eran impresionantes, y más impresionantes aún
la simplicidad con la cual este eminente científico se entrevistaba
en un francés admirablemente clásico, ya sea con un principiante, ya
sea con un joven colega arabófono.
Quisiera acotar dos coincidencias. Primero,
durante mi estadía en Marburg, llegó Rabindranath Tagore. Nunca olvidaré
la belleza diáfana de la cara venerable de los dos Ancianos Rabindranath
Tagore y Rudolf Otto sentandos hombro a hombro sobre el estrado del
Aula Magna de la Universidad de Marburg. Segunda coincidencia: es exactamente
en esta época que Olga Fröbe-Kapteyn vino a Marburg a entrevistarse
detenidamente con Rudolf Otto sobre un proyecto al cual éste dio forma
y sentido. Este proyecto que poco a poco tomaba forma, fue el nacimiento
del círculo Eranos, en Ascona, que yo explicaré más
adelante, el papel que desempeñó en mi vida de investigador. Más de
una vez mencionamos con Olga nuestra emoción respectiva, cuando nos
encontramos apoyando el timbre de la residencia de Rudolf Otto.
Había en Marburg, en casa de los estudiantes
a quienes yo frecuentaba, una vida filosófica y teológica intensa. No
haré demasiado hincapié en algunos puntos. Solo mencionaré la agitación
que comenzaba a causar la teología de Rudolf Bultmann. Pero había Friedrich
Heiler, a quien ya aludí en un párrafo anterior, profesor en la Facultad
de teología: figura dolorosa, autor de un gran libro sobre el rezo,
aspirando a la formación de un cristianismo sin lazo confesional. Había
además mi amigo Albert-Marie Schmidt, a quien hecho de menos, que era
entonces lector de francés. Cosa extraña, es él quien me regaló la traducción
francesa del primer libro de Swedenborg , Du
ciel et de l’Enfer (Del cielo y del Infierno). En
el fondo, Swedenborg daba un poco de miedo a estos piadosos calvinistas,
quienes seguramente juzgaban que sería mejor transmitirme a mi este
libro ya que estaría en mejores manos que en las suyas. Sin embargo
fue en Marburg donde me metí de cabeza por primera vez, con admiración,
en la lectura de Swedenborg, cuya obra inmensa iba a acompañarme a lo
largo de mi vida. Mejor aún, fue el primer vínculo de mi amistad con
Ernst Benz, quien se convirtió a continuación en profesor de la Facultad
de teología de Marburg. Él mismo es un eminente especialista de los
estudios swedenborgienes, y fue en Eranos donde nos conocimos, hace ya veintiocho años, como si de Marburg
a Eranos hubiera una vía permanente.
Otra paradoja : fue gracias al profesor
Theodor Siegfried, quien había sido habilitado a ser profesor por Rudolf
Otto, como yo escuché hablar por primera vez de Karl Barth. El me entregó
incluso un ejemplar del comentario compacto sobre la Epístola a los
Romanos. Aunque Siegfried ya me había puesto en guardia contra el formalismo
puro al cual se condenaba la “teología dialéctica”, me metí de cabeza
con gran fervor a la lectura de este libro, donde presentía muchas cosas
que deben formularse por primera vez. Las consecuencias iban a prolongarse
durante varios años. Heidegger ya había dejado la Universidad de Marburg
para ir a la de Freiburg, pero había en filosofía dos eminentes privatdozent
(docentes privados): Karl Löwith, con quien yo tuve grandes conversaciones
sobre Hamann y las corrientes que están vinculadas a su obra, y Gerhard
Krüger, experto en fenomenología, en cuyo seminario yo presentí todos
los problemas que estuvieron al orden del día en Alemania. Cuando dejé
Marburg, para volverme en peregrinaje a Weimar, luego a Eisenach y a
Wartburg, tuve la impresión que toda mi educación filosófica debía reanudarse.
Fue algo que a la vez me entusiasmó y que me aplastó.
Este primer contacto con la filosofía alemana
implicó que yo hiciera estancias repetidas en Alemania, entre los años
1931 y 1936. Mencionaré, no sin emoción, pensando en todos los desaparecidos
(entre los cuales cito Landsberg y tantos otros), una estancia en Bonn
en la primavera 1932. Estaban allí, por supuesto, Karl Barth y el potente
grupo de sus alumnos y adeptos. Los debates teológicos iban a buen paso,
sobre todo teniendo en cuenta que se presentía la próxima catástrofe.
Fue en esta época que traduje un opúsculo de Karl Barth: Die
Not der evangelischen Kirche (El desamparo de la Iglesia protestante,
pero se dio finalmente como título, sobre el dictamen de Pedro Maury :
Miseria y Dimensión de la Iglesia evangélica). Entre los colegas de Karl Barth, había
Fritz Lieb, figura referente por su amor místico hacia la Rusia ortodoxa,
amor tan ilimitado que parecía que no se daba cuenta más que la Santa
Rusia ortodoxa… por el momento estaba remontada al cielo. Nuestro vínculo
fue nuestra amistad común con Nicolas Berdiaev, hacia quien ya tuve
la ocasión de indicar mi deuda espiritual. Nos encontraron juntos, Fritz
Lieb y yo mismo, en casa de Nicolás Berdiaev, llevando los tres una
entrevista escatológica, cierta noche dramática de la primavera 1939.
Yo he citado aquí a Fritz Lieb como un caso representativo: él era a
la vez adepto de Karl Barth y admirador de Weigel, de Paracelse, de
la sofiología de P. Serge Boulgakov. Más de una vez le pedí: ¿“Cómo
reconcilia usted esto y aquello? ¡mi querido Lieb - Oh! es difícil,
es difícil”, me respondía. Y se le veían lágrimas en sus ojos.
En este punto debo mencionar dos estancias en
Hamburgo donde enseñaba Ernst Cassirer, el filósofo de las formas simbólicas,
quien amplió mi camino hacia lo que yo buscaba y que seguía presentándose
aun en las tinieblas, o sea que debía convertirse más tarde en toda
mi filosofía del mundus imaginalis,
cuyo nombre se debe a nuestros Platonicienses de Persa. Cassirer conocía
muy bien a los Platonicienses de Cambridge y me reveló así otros miembros
de mi familia espiritual. Había también el instituto Warburg, con todos
los recursos que brindaba su biblioteca. Fue en la primavera 1934 cuando
visité por primera vez a Heidegger en Freiburg. Resumimos entonces el
plan para la recopilación de opúsculos y extractos que yo traduciría
para reunirlos bajo el título: “ ¿Qu’est-ce que la métaphysiqu ? ” (¿Qué es la metafísica?). Era necesario comenzar por un proyecto limitado. Luego la liberalidad de Julien Cain, el administrador de la Biblioteca
Nacional, me concedió un traslado que me permitió pasar el curso académico
1935-1936 en Berlín, en nuestro Französiches
Akademikerhaus, (Casa de la Academia francesa), cuyo director Henri
Jourdan era mi amigo a quien había conocido cuando era lector en la
Universidad de Bonn. En julio de 1936, mi mujer y yo hicimos una estancia
en Freiburg, donde yo en persona pude exponer algunas dificultades de
traducción al propio Heidegger. Pero él tenía una confianza profunda
en mí, aprobando todos mis neologismos franceses, dejándome una responsabilidad
un poco pesada. Yo mencioné esta estancia en la entrevista que se encuentra
en la parte superior.
Mis experiencias germánicas habían ampliado
el círculo de mis amistades en París. Quisiera explicar aquí todo lo
que fue para mi aquella amistad
con Alexandre Koyré, una de las más increibles inteligencias que conocí. En primer lugar él fue muy conocido
por su monumental obra sobre Jacob Boehme, y luego todo un conjunto
de publicaciones sobre la historia de las ciencias, sobre la revolución
astronómica. Debido a la obra sobre Boehme y a otras publicaciones sobre
el Spirituels (Espiritual) que Jean Baruzi
estudiaba, por otra parte, muchos se imaginaban que él mismo Alexandre
Koyré era un gran teósofo místico. Pero fue un hombre de un pudor y
de una discreción total en lo que se refiere a sus convicciones íntimas.
A menudo una broma daba una imagen de un agnosticismo, o incluso de
un nihilismo desesperado. En realidad, nuestro amigo Koyré se llevó
su secreto con él. Lo digo no sin emoción, ya que fui el último de sus
colegas de los Altos Estudios en apretarle la mano en la clínica, la
víspera de su muerte.
Lo que quiero decir en homenaje a su recuerdo, es que él era sin duda diferente
a Jean Baruzi, el amigo, el compañero de sus alumnos y de sus auditores
en la Escuela de los Altos Estudios. La mayoría de los cursos terminaban
en el « Harcourt », café histórico, muy cómodo que se encontraba
en la esquina de la plaza de la Sorbona y del bulevar San Miguel. ¡Quién
nos devolverá el café Harcourt al cual encontré, inmediatamente después
de la guerra, transformado en una librería enorme y que hoy está convertida
en un almacén de confecciones y de zapatos! Fue en el « Harcourt »
que se elaboró una parte de la filosofía francesa de aquella época.
Hegel y el renacimiento de los estudios hegelianos ocupaban un gran
lugar. En torno a Koyré, estuvieron Alexandre Kojève (Kojevnikov), Raymond
Queneau y yo mismo. Filósofos como Fritz Heinemann y muchos de nuestros
colegas israelitas habían elegido el exilio, sus
relatos nos apenaban y nos informaban del curso de los acontecimientos
en Alemania. El tono subía a veces muy alto. Kojève y Heinemann estaban
en completo y total desacuerdo sobre la interpretación de la fenomenología
del Espíritu. Las confrontaciones entre la fenomenología de Husserl
y la de Heidegger se volvían frecuentes. También provocábamos a Queneau:
¿cómo se pone él a escribir una novela? ¿Hacía un plan? ¿Dejaba correr
las cosas? No puedo aquí mencionar cada nombre que tengo en la memoria,
pero no puedo omitir a una figura
muy especial, la del viejo amigo Bernard Groethuysen, nuestro incomparable
Sócrates, figura central de las inolvidables
noches en las que Alexandre Koyré y su esposa nos ofrecían en su
pequeño apartamento de la calle de Navarre. El humor de Groethuysen
parecía dominar las vicisitudes del tiempo y de nuestras preocupaciones.
Es él quien inauguró la “antropología filosófica” (su gran obra que
lleva este título quedó sin acabarse), y es gracias a su tenacidad que
pudo aparecer mi traducción sobre la obra de Heidegger, ya que éste
filósofo “desconocido” aún, interesaba mediocremente a los editores.
Durante las noches de la calle de Navarre, se
creó el plan del próximo volumen de Recherches
philosophiques (Investigaciones
filosóficas) que ocupaba siempre un lugar preponderante. No tenemos
ya nada de aquello equivalente hoy en día. El valiente editor Boivin
llevó todo el peso de los seis grandes volúmenes anuales de aproximadamente
quinientas páginas, que fueron para un gran número de nosotros un precioso
laboratorio. Si el investigador hoy en día hace referencia, constatará
que raramente se reunió tal pléyade de filósofos, que abordaban tantos
temas nuevos entre los cuales la fenomenología ocupaba, por supuesto,
un lugar importante.
En casa de Gabriel Marcel la
fenomenología ocupó también el centro de las conversaciones durante
noches enteras. Se reunieron aquí los filósofos Le Senne, Louis Lavelle,
tan agradable a escucharlo y a la vez tan difícil a comprenderlo, y
luego, como lo hicimos al rededor de Koyré, muchos colegas israelíes
huyendo de Alemania. Otro tema de confrontación : “Jaspers y Heidegger”,
cuyos imprevistos traían la misma frecuente exclamación : “Eso
me parece muy grave… Es muy grave”. “Entendámonos” repetía el querido
Gabriel Marcel sobre las altas notas puntiagudas de la discusión. Y
estas gravedades acumuladas pesaban cada vez más sobre nuestras reflexiones.
Había también el grupo de los nuevos teólogos
protestantes, que habían establecido su cuartel general en los locales
de las Ediciones “Je sers”,
situadas calle du Four. Por
supuesto, en un país como el nuestro, la audiencia era inevitablemente
limitada, pero enfin intentábamos
responder al imperativo de nuestra convicción íntima. Pusimos toda
nuestra esperanza sobre Karl Barth para un renacimiento de la teología
protestante. En 1931-1932, habíamos fundado (Denis de Rougemont, Roland
de Pury, Alberto-Marie Schmidt, Roger Jezequel y yo en persona) una
pequeña revista titulada Hic et
Nunc, e íbamos con esta fuerza juvenil que consternaba a los mayores no más que a los jóvenes, cuando a su
turno estos últimos se vuelven los mayores y a quienes la vida ya les
enseñó un gran número de cosas. Compartíamos la convicción de Keyserling
que declaraba: “Karl Barth y sus amigos tienen en sus manos el futuro
del protestantismo”. ¡Desgraciadamente! nuestras ilusiones son repercusiones
de muy arriba, y si el querido Rudolf Otto hubiera estado aún allí, tomándome de
la mano para reconducirme hacia Schleiermacher, habría podido decirme :
¿“No lo había yo predicho? ”
Por otra parte…..rápidamente ya no me sentía
cómodo en el “barthismo” (de K.Barth) ni en la teología dialéctica.
Nuestra ascendencia espiritual fue Kierkegaard y Dostoïevsky. Estaba bien, pero aquello no bastó
para trastornar la filosofía como tuvieron tendencia mis amigos. Ya
Sohravardî me había dado la señal, indicándome que, puesto que este “bullicio” se operaba en perjuicio de una filosofía que no merece
ser llamada como tal, había que encontrar el acceso a la « Sofía» de una otra filosofía. Es muy difícil medir la
responsabilidad de un hombre y de una obra respecto a aquel que le ha
reemplazado. En fin, es imposible no constatar la divergencia entre
el comentario del Römerbrief,
con sus chispas proféticas, y la inmensa, la colosal Dogmatique que compuso Karl Barth en su madurez. ¿Una noticia “dogmática”?
No en realidad, no es aquello lo que esperábamos; entonces pareció que
nos quedamos detrás de los“barthienses” de la última hora.
Había comunicado a Karl Barth mi primera publicación
como orientalista: la edición y la traducción del Bruissement des ailes de Gabriel (Susurro
de las alas de Gabriel) de Sohravardî. Él lo leyó y me habló más
tarde con una buena sonrisa benévola, pronunciando las palabras de “teología
natural”. Aquello no fue más lejos. Me consterné. Le escribí sobre este
motivo (posiblemente aquella carta de 1936 conservada en el “Barth-Archiv”
en Bâle es la mía). Mientras tanto hubo el memorable paso de Karl Barth
en París (1934). Yo tuve la ocasión de hablarle de mi interés por los
“teólogos especulativos” del principio del Siglo XIX, aquellos que se
llamaron los hegelienos de derecha y que leían a Hegel de la misma manera
que leían al Maestro Eckhart. Nombré entre otros a Philipe Marheineke,
cuya obra me interesaba de una manera muy especial. Aún veo el asombro
maravillado de Karl Barth, aún oigo su voz: ¿“Usted ha leido a Marheineke,
Sr. Corbin? ”. Detecté en él una discreta simpatía, que cayó muy hondo
en mi, difícilmente explicable con palabras. El fue un teólogo “especulativo”
injustamente pero completamente olvidado, aunque podría volver algún
día a convertirse en alguien de actualidad. Esta simpatía siguió siendo
el secreto de Karl Barth, dejándonos finalmente ante una “dimensión
abierta” entre su “teología dialéctica” y aquella teología hegeliana
de derecha, así vigorosamente elaborada contra el racionalismo, mientras
que la rutina de nuestras traducciones hizo de la razón el equivalente
de Vernunft, aunque la palabra nos refiere al griego Noûs (Nosotros). Todo el saber hegeliano
y post hegeliano cambiaría, si lo hubiéramos tomado en cuenta.
Por el momento, me encontraba ante una primera
comprobación ruinosa. La “ciencia de las religiones” había sido en gran
parte la obra de los teólogos protestantes. Ahora bien, la teología
de Karl Barth profesaba el más profundo desprecio hacia toda aquella
ciencia y hacia la historia de las religiones. Ella oponía ingenuamente
las religiones como el esfuerzo del hombre, mientras que el cristianismo
era el descenso y la iniciativa de Dios hacia el hombre, aunque por
esta razón el cristianismo no debía estar considerado como una “religión”.
Nada de muy original, puesto que algo similar se dijo ya del mismo Islam
mucho antes de Karl Barth. A éste como a los otros teólogos legales
del Islam, una misma respuesta: la de Ibn ‘Arabî y de su escuela. La
teología dialéctica barthista que optó deliberadamente por una completa
ignorancia del res religiosa,
es prueba impotente a entrever la tarea de esta “teología general de
las religiones” cuya urgencia se hace cada vez sentir con más fuerza.
Permanecía detrás del extenso horizonte del ciclo de la religión profética,
tal como se representa a la gnosis shiita, especialmente un Haydar Amolî
(S.XIV.). Allí donde habíamos presentido la promesa de un nuevo futuro
con un Keyserling, vimos surgir en realidad una
“teología de la muerte de Dios”, después “una teología de la revolución”,
luego otra “teología de la muerte de Dios”, luego otra “teología de
la revolución”, luego una “teología de la lucha de clases” que definían
con ésta el mensaje evangélico. Incluso después de vivir las horas las
más negras que precedieron a la segunda Guerra Mundial, nadie se habría
atrevido a imaginar tal derrumbamiento.
Quizá yo mismo hubiera estado implicado en este
derrumbamiento, si por uno de aquellos decretos tomados en lo Invisible
por los Invisibles, no hubiera estado aparte, en una completa soledad
filosófica y teológica, la cual me permitió reflexionar en una filosofía
y en una teología diferentes que tomaron cuerpo en mi persona. Hay algo
que permaneció ignorado durante muchos siglos en todos nuestro dogmas
y confesiones de fe. Fue la solidaridad íntima, secreto entre lo “esotérico”
y las “religiones del libro” como, si el cristianismo devastado sucumbió
a los peligros de la historia. En cambio un largo peregrinaje a través
de una de estas “religiones del libro”, especialmente la gnosis shiita
bajo sus dos formas (imâmite duodecimal e ismaelita) les invitó a redescubrir
un cristianismo cuyo lugar es permanente en el ciclo de la religión
profética, pero que difiere en gran parte de las formas oficiales del
cristianismo clásico conocido através de la historia, el cual es difícil
de hacerlo comprender en el mundo profano. Haré referencia ahora de
los largos años de peregrinaje que me tuvieron alejado de Europa, mientras
que la historia trazaba su curso trágico.
Por
supuesto que yo no me refiero en este relato al desarrollo exterior
de la historia, tal como se vivía sobre esta placa giratoria que fue
Estambul durante los años negros.
Tengo que mencionar una única historia, y es
la de Malakût. En la primavera
1939, se me encargó una misión. Yo tenía que sacar fotocopias de todos
los manuscritos de Sohravardî dispersos en las bibliotecas de Estambul,
con el fin de elaborar una edición crítica de sus obras en árabe y en
persa. El plazo fijado para la realización de esta misión comenzaba
el 1 de septiembre de 1939. En dicha fecha, el objetivo parecía bien
frágil debido a los acontecimientos desencadenados. Con todo, después
de muchas negociaciones, fuimos para Estambul el 30 de octubre de 1939,
mi mujer y yo, acompañados de las paternales inquietudes de Julien Cain. La misión
fue en principio de tres meses. Aquella duró seis años, hasta en septiembre
de 1945. Durante estos años fui el vigilante del pequeño Instituto Francés
de Arqueología. Aprendí las virtudes inestimables del silencio, de lo
que los iniciados llaman la “disciplina del misterioso” (en persa ketmân). Una de las virtudes de conocer aquel silencio fue ponerme
frente a frente en compañía de mi shaykh
invisible. Shihâboddîn Yahyâ Sohravardî, murió como mártir en 1191,
a la edad de treinta y seis años, edad que yo tenía entonces. A lo largo
del día y de la noche, traduje del árabe, tomando sólo como guías a
los comentaristas y a los seguidores de Sohravardî, escapándome asi
de la influencia exterior de toda corriente o escuela filosófica o teológica de
hoy. Al cabo de estos años de exilio, me convertí en un Ishrâqî,
y casi acabé la impresión del primer volumen de las obras de Sohravardî.
Ciertamente, en aquella época apenas tenía la ocasión de hablar en torno
a mi, lo hize con ciertos amigos turcos de origen bektashi. El personaje
de Yahya Kemal se quedó grabado en mi mente y será inolvidable.
Pero Estambul, era también Bizancio, Constantinopla.
Así como el Templo de Salomón era el centro de Jerusalén, de la misma
manera el templo de Santa Sofía era el centro de la segunda Roma. Ciertos
años atrás el científico americano Whitemore dedicó todos sus esfuerzos
a la restauración de los mosaicos. Visitar el templo de Santa Sofía
en compañía de Whitemore fue a la vez que un privilegio, una aventura
y un peregrinaje. El fue el encargado del templo, y nos hizo los honores
de la casa, colocándonos detenidamente en lugares claves para contemplar
el resplandor de la luz interior que liberaban maravillosamente los
mosaicos. Fue necesario de su compañía para que uno se volviera atento
a un dibujo escondido, llevando la visión hacia un punto culminante
de la pared occidental interior
y que “decifró” el secreto
del templo del Sofía. El dibujo presentó una pequeña cúpula hacia la
cual se accede por siete grados. Evocación del Templo de la Sabiduría
con sus los siete pilares (Prov. 9/1). “Dí a Sofía: ¡eres mi hermana!
Y llama a la inteligencia tu amiga” (Prov. 7/4). Un ishrâqî
es un sofiólogo espontáneo. El Templo de Santa Sofía fue para mi el
templo del Graal, al menos un ejemplificación de su arquetipo presentido
por muchos investigadores en gnosis. Había una preciosa colección de
manuscritos árabes y persas en un grandioso lugar que habría podido
ser antes la sacristía. Iba a menudo a trabajar aquí, y al cruzar el
templo tarareaba muy suavemente los temas del Graal y el de Cène místico
del Parsifal de Wagner. Aquella
presencia de una caballería sofíanica invisible, conocida también por
los Platonicenses de Persa,
ya nunca se borró de mi mente. Se encontrará un indicio de lo que aquello
me inspiró, en mis investigaciones y proyectos más recientes.
A pesar de todo aquello yo no podía regresar
de nuevo a Francia sin pasar antes por mi país, mi hogar de elección,
puesto que era la patria de Sohravardî, mi shaykh
invisible. Recibí una orden de misión para ir en Persia, lo que en ese
entonces era aún el “Gobierno de Argel” a partir del mes de agosto de
1944. Para cumplir esta misión debí
esperar el año de 1945 en que me enviaron a alguien, quien me sucedió
en el Instituto de arqueología de Estambul. También para este puesto,
el contrato fue por tres meses, pero se prolongó por más de treinta
años. En aquella época el viaje de Estambul hacia Teherán constituía
una aventura. Había el ferrocarril “estratégico” hasta Bagdad, donde
se descendía sobre el lastre. Luego el coche de Bagdad hacia Teherán,
a través de la cadena de montañas del Zagreus. Viaje agotador pero que
exalta. El Teherán que nos acogió, el 14 de septiembre de 1945, sólo
tenía pocas cosas en común con el Teherán de hoy. La dimensión de la
ciudad era la de una de nuestras prefecturas y había aproximadamente
ocho ciento mil habitantes. Hoy la superficie de la ciudad se ha multiplicado
por diez. Lo que estaba al norte pasó al sur. Lo que era
desierto es ahora una ciudad inmensa atravezada por espléndidos
bulevares llenos de árboles, y hay más de tres millones de habitantes.
Los pequeños doroshki (coches a un caballo) bastaban
al tráfico. Hoy el tráfico, con más de un millón de coches, se ha vuelto
infernal y desafía todas previsiones cronológicas. Todo aquello, con
la formación de una clase media aún inexistente en ese entonces, no
es más que el síntoma del extraordinario cambio vivido por Irán en el
transcurso de una sola generación. Fue pasionante ser el testigo de
esta evolución, pero en este relato son solo los hechos exteriores que
debo mencionar.
En un pequeño texto que llevó como título De la Biblioteca Nacional a la Biblioteca Iraní,
que se reprodujo en este mismo cahier, yo tuve la oportunidad de dar a conocer
cual fue el objetivo de mi misión, asi como la forma como logré aplicar
“los largos proyectos y las amplias intenciones”. Por esta razón no
voy a repetir todo aquello aquí. Sólo tendré que mencionar la calurosa
recepción hecha a mis proyectos por mis amigos iraníes, recepción que
fue de un gran peso frente a las autoridades francesas en favor de la
creación de un “Departamento de Iranología”, anexada al nuevo Instituto
francés, creado por la dirección francesa de Relaciones culturales,
y que se inauguró en Teherán al inicio escolar de 1947.
Llegó el ansiado momento de aplicar el proyecto
que había germinado en mi espíritu tras recibir los cursos de Etienne
Gilson. La tarea inmediata: recoger el
material, crear un despacho, comenzar a publicar. Las condiciones
de trabajo en Teherán no fueron las de hoy en día donde se encuentran
grandes colecciones de manuscritos proporcionadas de catálogos. Si bien
en ese entonces habían bibliotecas, pero en lo que se refiere a encontrar
los catálogos, estos eran escasos o se carecía de ellos en absoluto.
Una oportunidad era una pequeña felicidad. Es cierto que la oportunidad
favorece habitualmente al investigador obstinado. Comencé la publicación
de la Biblioteca Iraní, y
la preseguí por un lapso de veinticinco años hasta el vigésimo segundo
volumen., con la ayuda de algunos colaboradores. Cada volumen fue enteramente
fabricado in situ, y demandó un pequeño golpe de fuerza. La colección
fue una colección esencialmente de textos inéditos, en persa o en
árabe. A cada volumen se le acompañó de una traducción íntegra o por
lo menos una amplia introducción, permitiendo de esta manera al filósofo
no orientalista sacar el mejor provecho posible de aquel volumen. Creo
que esta colección, cuyos volúmenes casi todos hoy se hallan agotados, consiguió dejar una
huella. En aquella época apenas se podía hablar de Sohravardî, de Mollâ
Sadrâ y de tanto otros, como venerables shaykhs.
En la actualidad, es toda una pléyade de jóvenes investigadores que
tomó a corazón la causa de la filosofía tradicional. No disimulamos
las dificultades. Para crear o reconstruir una tradición filosófica,
para proporcionarla de todo el armamento conceptual y lexicográfico
que se requiere, es necesario varias generaciones. Otra característica
de un tipo totalmente distinto: ciertas grandes avenidas de Teherán
moderno llevan ahora los nombres de nuestros filósofos. Una del la más
bonita es la “Avenida Sohravardî”. Hace treinta años no me habría atrevido
a imaginar aquello. Y del lado occidental fue necesario constatar que
la filosofía islámica no se detenía en el siglo XII con Averroës, y
que la filosofía iraní islámica formó un verdadero continente cuya exploración
se había completamente descuidado. Hoy conozco a jóvenes filósofos que
comienzan a asimilarlo, tanto que los nombres de Sohravardî y demás
figuran en las disertaciones de sus alumnos. Se puede constatar con
esto algo de innovación.
En la primavera de 1954 en Teherán, recibí la noticia que la
Sección de Ciencias Religiosas me llamaba a suceder a Louis Massignon
en la dirección de estudios islámicos. El querido Massignon sabía de
esta elección. Conocía su preocupación, y cualquiera que fueran nuestras
diferencias de pensamiento, me consideraba como la persona más cerca
posible de él para prolongar la dirección que él supo dar a las investigaciones,
si no en cuanto a su contenido, al menos en cuanto a su sentido y a
su espíritu. Entretanto, exactamente en la primavera de1949, recibí
otra llamada cuyas consecuencias se hicieron sentir desde entonces en
el programa y en el ritmo de
mis investigaciones.
Hago así alusión a la invitación que me envió
Olga Fröbe-Kapteyn para participar en el círculo Eranos que ella fundó en 1932, en Ascona (en Tessin, en las orillas
del Lago Mayor), a la cual hize ya referencia más arriba cuando hablé
de la inspiración de Rudolf Otto. Esta participación debía traducirse
por dos conferencias de una hora cada una, en el mes de agosto de 1949.
Nunca pensé que esta participación fuera a repetirse una y otra vez
durante un cuarto de siglo. Doy mi testimonio
en un pequeño texto que se reproduce en el presente Cahier
de l’Herne de lo que fue
el concepto de Eranos, lo
que en realidad provoca el espíritu y su única finalidad. En realidad
lo que pudo aportar el círculo Eranos a cada uno de los aproximadamente
150 conferencistas que se sucedieron desde medio siglo, varía mucho necesariamente entre sí: existieron
personas que no hicieron mas que pasar por aquí…. un año, dos años,
sin más, ya que existía un índice indefinible, misterioso, el cual informaba
que ni su naturaleza ni su comportamiento conseguían armonizar con una
finalidad ella misma difícilmente definible. En cambio, hubo el pequeño
grupo de los que se volvieron, sin de ningún modo haberlo premeditado,
el apoyo año tras año del concepto de Eranos.
Si nos referimos al papel decisivo que Eranos
tuvo para estos últimos, fue en primer lugar, el hecho de obligarles
a dominar el campo de su especialidad, haberlos implicado a seguir una
libertad espiritual íntegra. Cada uno se descubrió poco a poco y dejó
salir lo más profundo de sí mismo.
Toda ortodoxia eclesiástica, académica o universitaria de una agrupación
cualquiera, fue completamente extraña al círculo Eranos.
Aquella impulsión a ser franco e íntegro siendo uno mismo se conviertió
en una práctica que perduró siendo a veces
arriesgada. Las conferencias de cada sesión se publicaron en tres lenguas en un compacto
volumen. En 1978 la colección alcanzó su 45avo volumen, y constituyó
una verdadera enciclopedia para los investigadores en ciencias de los
símbolos. Cada uno de estos volúmenes representó para los participantes
algo como un laboratorio, donde se intentó una primer prueba de una
investigación original y nueva. Para casi todos,
estas pruebas se transformaron en libros.
Aquel espíritu de Eranos fue alimentado y consolidado por los intercambios de opiniones
entre los que componíamos el círculo, simbolizado por nuestra Mesa Redonda
bajo el cedro, y por las amistades que se establecieron en el transcurso
de los años. Rudolf Otto que había ayudado a Olga Fröbe-Kapteyn a definir
el concepto no vino nunca. En cambio, Carlos-Gustav Jung fue durante
muchos años la persona que se encargaba de la ingeniería tutelar, resumiendo
sus libros en conferencias que atraían una numerosa audiencia de Zurich.
Los encuentros con C.- G. Jung fueron inolvidables. Nosotros tuvimos
largas conversaciones en Ascona, en Küssnacht, en Bollingen, o en su
castillo donde me conducía mi amigo Carl-Alfred Meier. ¿Qué decir de
aquellas conversaciones sobre las cuales no querría dejar libre ninguna
ambigüedad? Yo era un metafísico, no un sicólogo. Jung era un sicólogo
no un metafísico, aunque a menudo se haya codeado con la metafísica.
Nuestras formaciones y nuestros objetivos respectivos eran muy diferentes,
y con todo nos comprendíamos a lo largo y ancho de diálogos, tanto que
cuando pareció su obra Respuesta a Job, que fue criticada ferozmente
de todos sus lados confesionales, yo quize dar una interpretación honesta
y publiqué un largo artículo que me valió su amistad. Este artículo
hacía de él, hasta cierto punto, un intérprete de la Sofía y de la sofiología.
¿Me atrevería a decir que las enseñanzas y las conversaciones con Jung
podían aportar a todo metafísico y a todo teólogo un don inapreciable,
a condición de que se separe en el momento oportuno? Pienso en el precepto
de André Gide: “Ahora, Nathanaël, arroja mi libro… ”. Jung se defendía
con fuerza y humor de ser “jungian”. Yo fui amigo de Jung, pero no fui
nunca un “jungian”. Lo preciso, ya que para muchos lectores superficiales
o ingenuos, basta que me refiera varias veces a un mismo autor, para
que me hagan uno de sus adeptos.
El psicólogo Jung decía que lo que le alucinaba
a primera vista de un filósofo era el rigor con el cual hablaba del
alma y la realidad del alma, su insurrección contra la disolución del
alma al cual conducían alegremente el sicoanálisis de Freud, los laboratorios
de psicología y tantas otras invenciones a las cuales nuestro mundo
agnóstico es tan fértil. En Francia no es sintomático que términos técnicos
de Jung como “inconsciente colectivo” o “proceso de individuación“,
amenudo parecen amalgamarse y no se
retiene más que el primero, y eso por hacer hincapié en la palabra
“colectivo”. Hay que temer que aquel malentendido, completo
o incompleto, se prolongue. Esta reserva deliberada nos pone en la comodidad
para valorizar el hecho que Jung fue el primero en distinguir y expresar
los conceptos de Animus y Anima,
aunque desgraciadamente el
uso que se hizo a continuación se asemejó a un automatismo exagerado
que se aplicó, valga quien valga, en cualquier caso. Pero el camino
sobre la cual nos puso Jung era el del descubrimiento del Imago
interior. Reconocer sobre una cara las características y el resplandor
de este Imago, no agitarse
en una inútil búsqueda exterior de lo inaccesible, para concluir que
este Imago está en primer lugar presente en uno mismo, y que es esta
presencia interior que brota y que hace reconocerse al exterior. Más
tarde la metafísica de la Imaginación activa (la “Imaginación agente”)
me absorbió por completo y lo estoy aún . Sobre este tema, los
filósofos iraníes denominaron : mundo imaginal, mundo de las formas
imaginales (mundus imaginalis, equivalente literal del árabe “âlam al-mithâl), para bien diferenciarlo del puro imaginario.
Pero debía constatar bien todo esto. Todo lo que el sicólogo enuncia
sobre el Imago toma, para el metafísico un sentido
metafísico. Todo lo que éste enuncia, es interpretado por el psicólogo
en términos de psicología. De ahí los malentendidos posibles. Esta es
la razón por la que decía arriba que después de haberse informado de
lo uno y de lo otro, es necesario aceptar la separación inevitable en
el momento oportuno.
Y aquello es válido para todas las admirables
investigaciones a las cuales procedió C.-G. Jung. Sus trabajos sobre
la alquimia están basados en una documentación inmensa, y todo investigador
en alquimia debe leerlos hasta la saciedad. Debido a estas investigaciones,
Jung encontró la idea de un “mundo de cuerpos sutiles”. La intuición
fue profundamente justa. Este mundo de los cuerpos sutiles fue definido
y situado con rigor por los teosófos tradicionales del Islam: el mundo
mediano donde los espíritus corporalisan y donde los cuerpos se espiritualizan.
Precisamente, es el mundus imaginalis, el mundo del Alma, el
Malakût, primer mundo del
Ángel. Desgraciadamente, cualquiera que sea su voluntad restauradora
del Alma y del mundo del Alma, le falta aún al
psicólogo occidental disponer de esta base o de este marco metafísico
que garantiza ontológicamentela función de este mundo mediador, y que
preserva el imaginal de los desajustes y divagaciones del imaginario,
de la alucinación y de la locura. Es debido a esto que debí diferenciar
radicalmente el imaginal y el imaginario. Pero, debido a que generalmente,
esta diferenciación radical y decisiva apenas se admite, evito hablar
delante de un sicólogo del Ángel y la angelología que ocupó un lugar
importante en mis investigaciones. Comparé la interpretación de las
visiones de los profetas por un kabbaliste o por el ta' wîl de la gnosis shiita, con el análisis que dá un psicólogo.
Son aún “dimensiones abiertas” que hay entre los dos. La pérdida del
imaginal en Occidente es toda la corriente
resultante de Descartes y el P. Mersenne que se opone a los Platonicenses
de Cambridge, a todo lo que representan J. Boehme, Swedenborg, Oetinger.
Es todo un “combate por el Alma del mundo” que debemos seguir. La sicología
jungiense puede preparar el terreno del combate muy oportunamente, pero
la salida victoriosa depende de otras armas diferentes a la de la sicología.
Acabo de hacer hincapié sobre
el caso y la obra considerable de C.- G. Jung, porque la simpatía que
hubo entre nosotros no es un misterio, y también porque deseo descartar
toda ambigüedad que haría de mi el sicólogo que no soy, o que haría
sospechar de un “sicologismo” que siempre he combatido. Dicho esto,
las sesiones de Eranos fueron la ocasión de muchos encuentros
memorables y duraderos: Adolf Portmann, el amo de las ciencias de la
Naturaleza según el espíritu de Goethe; Gerhard Van der Leeuw, el gran
fenomenólogo neerlandés del res
religiosa; D.T. Suzuki, el amo del budismo zen; Victor Zuckerkandl,
incomparable fenomenólogo del discurso musical; Ernst Benz, para quien
no es ajeno ningún movimiento religioso de antes o de hoy en día. Y
los amigos Mircea Eliade, Gilbert Durand, James Hillman ….
¿cómo nombrarlos a todos? En cualquier caso en un rango privilegiada
se encontró mi amigo Gerschom Scholem, él debe su total renacimiento
a los estudios de la Kabbale. Su obra monumental es para nosotros una
mina inagotable. Mejor dicho aún, ella nos hace escuchar un imperativo
al cual nosotros ya no podemos retirarnos, ya que en adelante no podemos separar
una u otra formas de esoterismo en las tres grandes “religiones del
libro”.
En la primavera de 1954 en Teherán, recibí la
noticia que un voto del Consejo de la Sección de Ciencias Religiosas
de la Escuela de Altos Estudios me pedía suceder a Louis Massignon.
Esta noticia fue compartida entre una alegría inmensa, esto queda claro,
y al mismo tiempo una dolorosa inquietud. Mis investigaciones y publicaciones
en Teherán se ponían al fin en marcha. Nuestro pequeño Departamento
de Iranología comenzaba a afirmar su vitalidad. El cambio de mano no
estaba aún listo. ¿En que se iba a convertir todo aquello, si mi vuelta
a París requería que yo abandonara todo esto? Se encontró entonces una
feliz solución administrativa. Se trataba de combinar el tiempo de mis vacaciones con una
autorización regular de ausencia, de esta manera me era posible disponer
prácticamente de todo el trimestre de otoño para seguir mis trabajos
en Teherán. Por ello año tras año yo tomé el avión para ir a Teherán
donde permanecía por una temporada desde el mes de septiembre hasta
diciembre. La perpetuación de mi vida iraní fue decisiva para la orientación
y el contenido de mi enseñanza en los Altos Estudios, la cual no habría
sido lo que fue si no hubiera podido así guardar el contacto con mis
colegas y amigos iranís, mantenerme informado de sus publicaciones,
proseguir lo de la Biblioteca Iraní, y seguir enriqueciéndome
de fotocopias sobre los manuscritos. La mayoría de mis cursos en los
Altos Estudios se hizo basándose en manuscritos inéditos. Cada año dí
un largo resumen en el anuario de nuestra Sección. De esta manera la
progresión de mis investigaciones siguió siendo fácil a seguir.
De vez en cuando, yo escuchaba de nuevo ciertos
rumores deplorando que haya transformado a esta dirección de estudios
en un cátedra de shiismo. Esta crítica nunca se formuló explícitamente, ella venía de un punto de vista enteramente
falso. Nuestra sección de Ciencias Religiosas no es una Facultad de
teología con un programa que distribuye la enseñanza de dogmas. Yo creo
que ella es una especie de hogar
de investigación única en el mundo con respecto al estudio de las “ciencias
religiosas”. Cada uno de nosotros orientó libremente sus investigaciones
y su enseñanza en la dirección que le pareció la más urgente, bien porque
se haya olvidado esta dirección o porque una nueva contribución de documentos
modificó completamente las opiniones adquiridas hasta aquella fecha.
Creo que los estudios del shiismo duodecimal e
ismaelí, así como de la metafísica del sufismo, presentaban una
similar urgencia desde este doble punto de vista.
No me
sorprendió si mis publicaciones causaran algún asombro, tampoco el hecho
de recibir alguna resistencia escéptica. Nunca se dijo que hubo una
filosofía propia y originaria shiita. Se ignoraban los nuevos tratados
ismaelitas publicados, o algunos manuscritos que se hicieron providencialmente
accesibles. Nunca se había tomado seriamente el proyecto sohravardiano
de “resucitar la teosofía de los sabios del antiguo Persa”, porque se
ignoraba su aplicación, mientras que este proyecto señaló desde su impresión
una notable parte del pensamiento iraní posterior, pero es sobre
todo esta última parte que se ignoró sistemáticamente. Se conocían
los piadosos ascetas de la Mesopotamia de los primeros siglos del Hégire,
pero se había prestado apenas atención a la diversidad de lo que es necesario llamar la “metafísica del sufismo”; el de un Ibn ‘Arabî,
de un Najmoddîn Kobrâ, de un Semnânî, de un Haydar Amolî, etc. Se identificaron
la mística islámica y el sufismo, y se hacía del shiismo un adversario
de la mística, porque a veces se tenía un severo respeto de un determinado
sufismo. Pero se ignoró que la mística islámica y el tasawwof no se recubrieran exactamente,
que hubo toda una mística y una tesofía shiita (‘erfân-e shî’i) fuera del sufismo, fuera incluso de las tarâ' iq (congregaciones) expresamente
shiitas… y eso, porque la situación del creyente shiita lo pone inmediatamente
a diferencia del creyente sunnita, en el camino místico (tarîqa). Por supuesto, hablemos claramente: los grandes ‘orafâ (teósofos
místicos) shiitas, o incluso un mollâ como Mollâ Sadrâ Shîrâzî y muchos
otros, estuvieron expuestos a ciertas molestias por parte de sus colegas,
de lo que se puede llamar paradójicamente el “clero” shiita. Pero eso no hace más que asociarlos más
estrechamente a la suerte común de sus colegas gnósticos de todas partes
y de siempre.
Estas pocas líneas no hacen
más que mencionar algunos aspectos de la tarea inmensa ante la cual
me encontraba, si quería que tomara forma el proyecto nacido de un espíritu
joven de aquel estudiante de Etienne Gilson. Me hice no un plan quinquenal,
sino un plan de veinte años. Este plan fue llenándose casi a cabalidad
y gracias al cielo yo prosigo aún su realización., in
emeritis anís. La manera como concebí y oganizé mis labores, tuve
ocasión de explicarla en un volumen colectivo publicado por los colegas
de la Sección de las Ciencias Religiosas. Era “un programa a la vez
y un testamento”. El texto se reproduce bajo este misma título en el
presente Cahier de Herne [1]. No tengo entonces que reproducir
aquí las indicaciones, lo único que puedo anotar en una posdata biográfica
es el resumen de las grandes tesis sostenidas en mis libros.
Pero debo aún decir es lo siguiente. No se sale
ileso cuando se vive durante más de treinta años en contacto con los
mejores hombres que produjeron la esencia de la filosofía y de la espiritualidad
de la cultura iraní, especialmente en un universo espiritual inmenso.
Con certeza, soy y permanezco un occidental (en el sentido amplio de
esta palabra), porque es como occidental que triunfé en lo que estuvo
a mi alcance. Pero por otra parte, me refiero a algo de lo que todo
filósofo conoce muy bien, por ejemplo: no se puede tener éxito al escribir
un libro sobre Platón, sino uno no se hace platónico al menos mientras
lo escribe. Este hecho, es lo que tienen mucho más dificultad de comprender
los historiadores de religiones. Hace unos veinte años mas o menos,
en el transcurso de un coloquio internacional, un colega de un país
lejado, oyéndome expresarme sobre el shiismo en los términos en los
cuales tengo la práctica de hablar, susurró a su vecino: ¿“Cómo puede
hablar en similares términos de una religión, cuándo ésta no es la suya?”. Pero ¿qué es lo que significa
“tomar como suyo” una religión o una filosofía? Hay desgraciadamente
gente que no puede pensar que en términos de “conversión”, permitiéndose
pegar sobre la persona una etiqueta colectiva.
No. Hablar de “conversión” significa no haber comprendido nada sobre
el “esoterismo”. Un filósofo sabe muy bien que ser platónico, no significa
inscribirse en cierta Iglesia platónica, ni menos aún prohibirse de
ser también algo diferente que platónico. Cada uno de los ‘orafâ de oriente y de occidente, no puede pensar y pesar las cosas
en términos de interioridad y de interiorización, lo que equivaldría
a hacer de sí mismo un hogar permanente a las filosofías y a las religiones,
hacia las cuales nos conduce esta búsqueda. Y no se puede sino guardar
su secreto: Secretum meum mihi. El secreto del castillo del alma. No está en una opción exterior
de carácter sociológico que manifiesta exteriormente esta profunda realidad
interior. Es en la obra personal que él produce, y a la exteriorización
a la cual concurren todos los modos de ser vividos. La comunidad, la
omma de los esoteristas de
todas partes y de siempre, es esta “Iglesia interior” que no impone
ningún acto de pertenencia hacia aquellos que la conforman.
Pero este vínculo interior es el verdadero vínculo,
porque es imprescriptible e invulnerable, y porque es en este solo caso
que el siguiente refrán se hace verdadero: “la boca habla de la abundancia
del corazón”. Y es este hecho, creo yo, el que atestigua aquella perfecta confianza con mis amigos iranís, a
cambio de aquellos largos años de trabajo dedicados a lo que nos gustaba
emprender juntos, una amistad libre de toda reserva, una amistad que
fue y sigue siendo, con el recuerdo de tanto desaparecidos, el tesoro
de una larga vida. Esta amistad se manifestó
de manera conmovedora, cuando alcancé en 1973 lo que se llama el “límite
de edad”. Esta vez, debía ser mi despedida definitiva del Irán. No fue
así. En aquella misma época, como por mandato providencial , tomó
nacimiento la “Academia iraní de filosofía”, la cual me acogió como
miembro. Fue una institución que reunía a filósofos, y que se proponía
a la vez formar a jóvenes investigadores iraníes en filosofía y
por otra parte a ayudar a los filósofos de todos los países a emprender
investigaciones en Irán. Doble tarea urgente y de larga duración. Publicamos
libros y dimos clases y conferencias. De esta manera dejando al mismo
tiempo mi Departamento de Iranologie del Instituto francés a su destino,
pude seguir pasando cada año el trimestre de otoño en Teherán para enseñar
en la Academia de filosofía. Por otra parte, ya hize alusión en los
parráfos precedentes sobre nuestro privilegio como miembros de la Escuela
de los Altos Estudios de poder seguir nuestras conferencias incluso
en emeritis anís, hasta nuestra
última respiración, si asi era nuestra decisión. Tomando este privilegio
yo seguí compartiendo entre París y Teherán una actividad que me permitirá
terminar, yo lo espero, algunas de las grandes tareas emprendidas.
En la primer fila de estas grandes tareas aún
inacabadas, debo poner el proyecto al que hago referencia en este mismo
Cahier , un artículo de mi eminente colega
y amigo Sayyed Jalâloddîn Ashtiyânî, profesor a la Facultad de teología
de la Universidad de Mashhad. El profesor Ashtiyânî es el hombre ciertamente
más representativo del Irán de hoy en día, de la raza filosófica de
Mollâ Sadrâ. La inmensidad de material que recogió es extraordinaria.
Dedicado día y noche a su tarea, es hasta cierto punto un Mollâ Sadrâ
redivivus y un filósofo ‘erfânî prolífico. Nuestro proyecto se elaboró
en 1964-1965. En respuesta a los que, desde Ernest Renan, consideraron
que el destino de la filosofía islámica se acababa en el siglo XII con la muerte de Averroës, como lo recordábamos
más arriba, nuestro proyecto consistía en producir una extensa Antología
de los filósofos iraníes desde el siglo XVII hasta nuestros días. El
Sr. Ashtiyânî se encargó de recoger y presentar los textos, mi función
fue la de dar la quintaesencia en francés, de modo que los filósofos
occidentales no orientalistas puedan en fin estar informados. Algunos
de estos textos habían sido publicados en litografías antiguas, pero
la mayor parte estaba aún en manuscritos
inéditos.
Habíamos
previsto cinco volúmenes de formato grande in-octavo. Actualmente creemos que se harán siete. Los dos primeros
ya aparecieron. La impresión de la parte en árabe y en persa del volumen III ya se terminó (aproximadamente 800 páginas), la
del volumen IV está en proceso de edición. Ya me preocupo de reunir
en volúmenes independientes las partes francesas que presentarán de
una manera continua La filosofía
iraní islámica. Son las obras de unos cuarenta filósofos que les
hacemos asi reaparecer y entrar en el circuito general de la filosofía.
A simple vista parecería inmenso las dimensiones
de este proyecto, pero el plan esta aún incompleto, ya que debido
a su propia amplitud, fue necesario dejar fuera algunas Escuelas independientes.
Esta es la razón por la que convencimos a nuestros amigos shaykhis de
producir, por su parte, una Antología de sus grandes mashâyekh. Desde shaykh Ahmad Ahsâ'î (en
1826), hasta sus sucesores a quienes podemos agrupar bajo la denominación
de “Escuela de Kerman” fueron muy prolíficos con más de un millar de
títulos. Todo eso permitirá por fin apreciar la profundidad, la originalidad
y la diversidad de los aspectos de la filosofía y de la teosofía mística
cuyo Islam shiita permitió el nacimiento en Irán, o, si se prefiere,
cuyo Irán ilustró el Islam shiita.
Uno puede asombrarse que se comienza
solo desde hace poco en occidente a hablar de todo esto. Es cierto que
desde hace tiempo, debido a las traducciones del árabe producidas en
el siglo XII, los especialistas de la filosofía medieval se interesaron
por estos filósofos del Islam que, siguiendo a nuestro escolásticos,
persistieron en calificarles como “filósofos árabes”, confundiendo así
peligrosamente “islamismo” y “arabismo”. Sobre la otra vertiente del
mundo iraní, los filósofos y místicos de la India, desde hace tiempo,
solicitaron no sólo las investigaciones científicas, sino también las
esperanzas de almas que titubean en busca del “camino”. Y el mundo iraní
quedaba aun inexplorado……entre el mundo árabe y el mundo de la India.
Se limitaba - y se lo sigue haciendo - a repetir las monumentales inepcias
relativas del mundo shiita. Ahora bien, a pesar de todo aquello no es
una casualidad si fue en Irán en donde encontraron refugio y refugios
naturales las altas espiritualidades filosóficas y místicas. Nuestra
Antología da a conocer lo que produjo el
Islam espiritual, lo mejor y lo más profundo de él. Existe por ejemplo,
un concepto shiita del Primer Emanado que establece un vínculo con el
neoplatonismo, que a la vez presupone y abre las perspectivas de la
“filosofía profética” propias del shiismo. Hay la insistencia sobre
este mundo mediano y mediador, el mundus
imaginalis (‘âlam al-mithâl), al cual hize ya alusión
en párrafos precedentes, tema además tratado concienzudamente en mis
libros razón por la cual no insisto aquí. Sin la función mediadora de
este mundo que garantiza la articulación entre el inteligible puro y
el mundo sensible, estamos privados de la clavis
hermeneutica que nos abre el sentido real, verdadero y concreto,
es decir, el “lugar” real de las visiones de los profetas y místicos,
- una prueba: nuestras sicologías occidentales son incapaces de considerarlas
de otra manera sino que las catalogan como alucinaciones, desdoblamientos
de la personalidad, etc Este mismo mundus
imaginalis es el “lugar” de los acontecimientos reales que pasan
en el Malakût, en el mundo del Ángel que ocupa un lugar especial en los
razonamientos de Sohravardî y en su intérprete francés. Sin el mundus imaginalis imposible de hacer frente
a la realidad de los acontecimientos que rodean la parusía de la Doceava
Imâm, las resurrecciones y las palingenesias futuras. A pesar de todo
esto, es gracias a esta misteriosa figura, definida por muchos pensadores
shiitas con el Paraclet johannique, que se comunican juntas las “redes
esotéricas” de las gnosis y de las religiones del libro.
De esta manero introduzco el tema con el cual
quiero cerrar esta posdata : el nacimiento de un proyecto que marcó
en mi la floración espiritual de toda mi obra científica, al mismo tiempo
que el resultado de un sueño de juventud. Mencioné más arriba mis caminatas
en el interior del Templo de Santa Sofía así como al interior del templo
del Graal. No me queda sino que mencionar aquí la fundación realizada
con la ayuda de algunos amigos y colegas universitarios, de un “Centro
de investigación espiritual comparada” al cual le bautizamos con el
nombre de “Universidad San-Juan-de-Jerusalén (USSJ)”, puesto que éramos
todos universitarios. Su espíritu: el de una caballería espiritual definida
lo mejor posible en el siglo XIV por Rulman Merswin, cuando dió un don
del comandante de la Isla Verde a los caballeros johanitas (los del
gran priorato de Brandenburgo de la Orden soberana de San-Juan-de Jerusalén).
Para Rulman Merswin como para los “Amigos de Dios” de la época, la caballería
espiritual señalaba un estado espiritual que “no fue ni el del clérigo
ni el del laico”, porque pensaron que “el tiempo en los claustros ya
había pasado”. De la misma manera hoy en día, después del derrumbamiento
debido a la traición de los clérigos, debemos concebir un estado del
hombre espiritual que no es ni el del clérigo ni el del laico. En cuanto
a la finalidad de nuestra fundación fue la de proporcionar, en la ciudad
espiritual de Jerusalén, un
hogar común, (que hasta el momento nunca había existido) para el estudio
y la fructificación espiritual de la gnosis común sobre las tres grandes
religiones de Abraham. Resumiendo: la idea de un ecumenismo abrahámico
basado en la puesta en disposición en común del tesoro escondido del
esoterismo, lejos de la acomodación diplomática de las relaciones oficiales.
Para explicar el nacimiento de este proyecto,
sobre el cual no puedo decir aquí todo lo que debería decir, habría
que mencionar todas las investigaciones, los pensamientos y las tradiciones
que finalmente convergieron en nuestro concepto de Universidad San-Juan-de-Jerusalén
(jurídica y conceptualmente independiente de toda Orden del mismo nombre).
Mencioné hace poco el caso de Sohravardî que no se limitó a deliberar
sobre las supervivencias posibles del pasado zoroástrico del Irán, pero
que tomó este pasado con determinación, abriéndole al mismo tiempo hacia
el futuro. Y esta voluntad de resurrección concuerda perfectamente con
las concepciones de Sohravardî y sus seguidores, a saber que una investigación
filosófica que no consigue una realización espiritual personal, es una
pérdida inútil de tiempo, y que la búsqueda de una experiencia mística, sin una seria formación filosófica previa tiene todas las
oportunidades de perderse en aberraciones, ilusiones y extravíos. Básicamente,
es allí en resumen el aspecto que toma para la vida del filósofo la
idea de lo que designa el persa javân
mardî, el árabe fotowwat,
términos que precisamente su mejor traducción es “caballería espiritual”
(véase la parte francesa de los Tratados de los compañeros-caballeros,
Bibl. Irán. Vol.20, 1973). Todo lo que implica este término es el lugar
de las potentes convergencias que se nos impusieron.
Trazar el itinerario de estas
convergencias, sería mostrar esencialmente bajo los horizontes esotéricos
de las religiones del libro, el paso de la epopeya heroica a la epopeya
mística; el paso de la caballería militar a la caballería mística, o
lo que la espiritualidad islámica denomina : el paso del jihâd menor, el combate con las armas en el mundo exterior, al jihâd principal, el combate espiritual,
suministrándose en el campo interior de cada hombre, y también en un
campo sobrenatural de dimensiones cósmicas.
Este pasaje, lo vemos materializarse en el mismo
Sohravardî y en los suyos, herederos de esta ética zoroástrica de la
cual se pudo decir a título muy justo (Eugenio d’Ors) que el consigue
la constitución de una orden de caballería. Se cumple a cabalidad en
el Islam shiita el concepto mismo de los “Amigos de Dios” (en árabe
Awliyâ Allâh, en persa Dûstan-e
Khodâ), y se pudo poner en paralelo la idea de los compañeros del
Saoshyant zoroástrico, con la de los compañeros del siglo XII Imâm de
los shiitas. Resumiendo, hay todo lo que se expresa en los términos
de javânmardî y fotowwat, como estilo de vida propuesto a cada uno según su estado,
ya que cada estado implica una “caballería” que le conviene. Acabo de
mencionarlo un poco más arriba, este paso a la caballería mística, lo
vemos realizarse en el siglo XIV en occidente, cuando Rulman Merswin
(+1382) confió la fundación de la Isla Verde
a los caballeros johannitas, abriéndoles la vía de una espiritualidad
profundamente vinculada a la mística de Johann Tauler. Allí incluso
vemos reaparecer el término de “Amigos de Dios” (Gottesfreunde),
y la idea de caballería espiritual se propaga en la mística renana.
Es este mismo pasaje que se efectúa del orden militar de los caballeros
templarios que participan en las cruzadas, al orden místico de los caballeros
templarios del Graal, en el ciclo del Parsifal
de Wolfram von Eschenbach y del Nuevo
Titurel. En fin, si los reconstructores del templo en torno al príncipe
Zorobabel fueron en realidad los
primeros caballeros del templo, es un servicio de la caballería
mística que la cosmogonía kabbalista de Isaac Luria convoque los “Hilos
de la Luz”, como se convocaban anteriormente por la comunidad esseniena
del Qumrân, por un combate espiritual cuya idea está en afinidad evidente
con la cosmogonía y la ética del zoroastrismo independiente incluso
de toda filiación o influencia demostrable o no.
En grandes líneas, es todo lo que quiso recoger
nuestro concepto de Universidad de San Juan de Jerusalén (y que había
resumido al final del volumen IV de mi obra En
el Islam iraní). Por supuesto, no esperé que el orden de esta “caballería
espiritual” pueda ser reconocido junto a las órdenes honorarias e históricas,
creadas durante siglos y siglos por las potencias de este mundo. La
idea misma de un tal reconocimiento sería ridícula, ya que la caballería
espiritual es un estado organizado que va más allá de este mundo, mientras
que la finalidad de los otros se acaba con los discursos pronunciados
en los funerales. El Orden de los templarios pudo desaparecer oficialmente
en la terrible tragedia llevada a cabo por sus enemigos. Pero la idea
del orden del templo, como eje de una tradición esotérica anterior incluso
en el orden histórico de este nombre se perpetúa
después de él. Esta idea nunca desapareció, porque ninguna
potencia del mundo pudo impedir al alma darse la ascendencia
espiritual que ella elige, y de legitimar esta ascendencia por su fidelidad
a aquello que ella implica. Como lo escribió Unamuno, es importante
reconocer “que el pasado no es nada y que nada no existe en verdad sino
lo que actúa, que una de estas leyendas, como se la llama, cuando ella
empuja a los hombres a la acción, al llenarles el corazón o al confortarlos
de la vida, es mil de veces más real que la relación de un acto cualquiera
que se descompone en los archivos”.
Esta es la razón por la cual la única referencia
auténtica es la referencia bajo la cual los teósofos cristianos como
Eckhartshausen, en el siglo XVIII denominaron a esta idea y es la de
“Iglesia interior”, idea sobre la cual yo mismo me pronuncié en párrafos
anteriores. Esta idea no es sino un nombre distinto de aquella espiritualidad
del templo común de los teósofos místicos de las tres religiones abrahámicas.
Es en efecto esta Iglesia interior que sola es el lugar de la caballería
espiritual ordenada hacia el templo místico. La sola que puede responder
en el fondo a las necesidades del presente, y que el esoterismo (el ketmân) debe preservar, asi como las alternativas y las acomodaciones
a los métodos profanos. Allí solamente, en la Iglesia interior, puede
considerarse la tarea inaudita y paradójica que se nos impone hoy en
día; hasta cierto punto encontrar a nuestro Dios contra Dios. ¿Qué significa
esto?
Siglos de certeza teológica, dogmática y perentoria,
confundieron la causa suprema del universo, el Supremo Principio incognoscible
al hombre en su condición presente, con un Dios personal y personalizado.
Laicizados, estos conceptos se convirtieron en ideologías totalitarias.
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