JORNADA DE ESTUDIOS SOBRE HENRY CORBIN
17 DICIEMBRE 2005
Paris, Sorbonne
Traducción al español de
Elizabeth Peña Velasco
Nota sobre la obra Religion After Religion – Gershom Scholem, Mircea Eliade and Henry Corbin at Eranos, por Steven M. Wasserstrom. Princeton, Princeton University Press, 1999.
Introducción :
Este libro contiene un polémico análisis sobre el
pensamiento de tres grandes eruditos que frecuentaron las conferencias Eranos y
que ejercieron una influencia real sobre un nuevo enfoque en el estudio de las
religiones. La tesis central es que Scholem, Eliade y Corbin intentaron
rehabilitar una visión de las religiones en un marco académico, de manera
digamos fenomenológica, principalmente por la rehabilitación del mito, del
símbolo y de la experiencia mística y que esta actitud en la investigación
llevo, en ciertos aspectos, a una perversión de lo que debe ser la history
of religion. Bajo la cubierta de erudición y gracias a aparatos críticos
imponentes (p. 172), ellos evacuaron la dimensión social y psicológica de la
religión. Así se abrió el camino hacia nuevas formas de esoterismo, hacia el
New Age, etc. Dichos eruditos, que habrían sido otros tantos “would have been believers”, abrieron el
acceso a una nueva forma de religión, haciéndola mas aceptable, es decir,
legitimándola filosófica y científicamente de alguna forma; de ahí el título
del libro.
De entre los tres sabios, Scholem es tratado con
indulgencia y las críticas que se le hacen apenas tocan su obra de forma más
bien marginal. Eliade, por el contrario, y sobre todo Corbin, son
‘acribillados’. Un largo debate comenzó en Estados Unidos a partir de esta
publicación y de las tesis que son presentadas en ella, concerniente a la
evaluación de la obra de Scholem y de Eliade así como al impacto general del
Círculo Eranos, pero que yo sepa se han producido pocas reacciones
concernientes a Corbin, si no es por la importante reseña de la profesora Maria
Subtelny, especialista de Irán de la Universidad de Toronto (en Iranian
Studies XXXVI – 1, 2003).
En breve, los reproches de Steven M. Wasserstrom contra la obra de Corbin
son los siguientes:
1. Henry Corbin es acusado de dirigir un ataque en
regla contra la historia como disciplina universitaria. La tesis según
la cual el sujeto humano se crea de alguna manera a sí mismo por su acto de
conciencia, por la elección que representa, no es interpretada en la
publicación como la afirmación de la división entre un pensamiento filosófico y
un pensamiento histórico sino mas bien como un ataque en regla contra éste
último (pp.176 et 237
sq). Precisamente, colocando el
simbolismo místico al centro del dominio religioso, Henry Corbin habría querido
simplemente negar la dimensión histórica de las religiones. Wasserstrom
menciona las teorías de Corbin sobre la “metahistoria” o la “hierohistoria”
como inspiraciones salidas del esoterismo o del romanticismo alemán.
Desde luego que conocemos las prevenciones de
Corbin contra el historicismo o el sociologismo; es decir contra
la pretensión de ciertos historiadores o sociólogos a explicar la esencia misma
de actitudes religiosas por factores extrínsecos. Según Corbin, no podemos comprender un
fenómeno religioso a través de referencias a lo que precisamente no libera de
la actitud religiosa. Sin embargo, Corbin no pretendía de ninguna manera
ignorar el trabajo del historiador o negar su utilidad. El mismo era cuidadoso
de verificar sus fuentes con gran minuciosidad. El primer volumen de En
Islam iranien es el ejemplo mismo de una obra dotada de una dimensión
histórica, en el sentido en el que Henry Corbin expone en detalle sus
concepciones sobre la visión histórica.
La visión del mundo imaginal parece bastante mal
comprendida por S. Wasserstrom, quien aparentemente estima que Corbin la adopta
como herramienta de análisis para escapar precisamente a las exigencias del
pensamiento histórico (p.p. 245-6). Todo ello demuestra una profunda
ignorancia del concepto mismo del imaginal, que Henry Corbin elaboró en una
fase bastante tardía de sus investigaciones, para dar cuenta de ciertas
nociones de la filosofía iraní (ver la exposición de Christian Jambet en esta
misma Jornada de Estudios). Pero sobretodo se perfila una confusión que
atraviesa toda la publicación: aquella de la historia de las sociedades y la
historia de la filosofía como gestión individual. Henry Corbin no se erigió en
historiador del mundo musulmán, ni criticó la razón de ser de este ámbito de la
investigación. Sus trabajos pretenden sacar a la luz la coherencia de enfoques filosóficos
– necesariamente individuales – de diversos grandes autores (Avicena, Ibn
‘Arabî, Mollâ Sadrâ etc). Su obra puede inspirarse de otras personas por sus
dimensiones universales pero ello no compromete de ninguna forma un análisis de
la situación histórica. Por tanto, ésta última no es negada, ella es
simplemente dejada a aquellos que tienen por especialidad precisamente el
estudio de situaciones históricas.
2. Este ataque contra la historia se extiende según
Wasserstrom a un ataque contra la
enseñanza universitaria tal y como ella debe ser. Según él, Corbin no era
historiador ni tampoco filósofo. El lo considera, en el mejor de los casos,
como un islamólogo (“an academic
Islamicist”, p.153) y de apariencia solamente. Es bien sabido que Corbin
rechazo siempre ser clasificado entre los islamólogos, y que él veía su trabajo
únicamente como el de un filósofo que trabajaba sobre pensadores orientales.
Una vez clasificado en el ámbito de la history of religions, que no era
el suyo, Corbin es enseguida identificado – lógicamente – a un falso
islamólogo, ya que él no se ocupo de shari’a,
de derecho, de kalâm, etc, como
debería hacerlo un verdadero islamólogo (p.153 s). Wasserstrom cuenta
las páginas de la obra Histoire de la philosophie islamique para hacer
notar la pequeña parte (menos de una octava parte, de acuerdo a su evaluación)
consagrada a la teología y al derecho, y el resto es dedicado a la mística, al
esoterismo, etc (p. 174). El deplora lo que considera como un escamoteo de
graves consecuencias, considerando visiblemente el derecho y el kalâm,
como representantes del “verdadero” islam, del cual Corbin habría sido un
enemigo declarado (p. 173, 180).
La
llegada al poder de Jomeyni vendría a desmentir la visión interiorista de Henry
Corbin. No insistiremos sobre la cuestión de saber quien tiene el derecho de
dilucidar sobre lo que es “verdadero” islam o no, ya que eso sobrepasa el marco
de esta modesta reseña. Limitémonos a recordar que Corbin estaba bien seguro
del hecho de la importancia social y dogmática del fiqh y de la teología especulativa. Su interés no trataba para nada
de la evaluación de dimensiones colectivas del Islam, sino de sacar a la luz la
gran aventura de la búsqueda del sentido personal.
Básicamente, dice Wasserstrom, Corbin era ante
todo un esoterista, “Eliade and Corbin
were overtly mystifying esoterists” (p.13). En el fondo, él no se
interesaba al Islam como tal (p. 174); los autores y temas que él estudiaba
eran para él otros tantos medios para restaurar la visión esoteristas del
mundo.
Aquí, la actitud de Wasserstrom, que confunde
frecuentemente el pensamiento de autores musulmanes estudiados con el de
Corbin, no simplifica la comprensión de su obra, lo cual hace su demostración
bastante escabrosa. Por ejemplo, la afirmación que al ciclo de la profecía legislatriz
le sigue aquel de la iniciación espiritual pertenece al shi’ismo duodécimano
(p. 141) y no a la visión propia de Corbin quién siempre fue bien cuidadoso de
evocar a título personal sus ideas sobre los ciclos de la historia sacral.
Se siente como la cuestión de “poder por el saber”
esta en juego a lo largo de toda la obra: “He
was not a professor so much as a prophet. Rather, more
accurately, he was an amphibian professor, publicly holding a professorship at
the Sorbonne while conducting a private war on reason. Corbin was an apostle to
the classroom. And indeed, he was a prophet who sought disciples among our
students and received plenty of them. His successful appeal was an escape from
open rational inquiry in favour of a more exciting, surreptitious quest. We
must acknowledge that this appeal is dangerous once we admit, however
unappealingly, that the emperor is naked: that the esoteric art of writing is,
in plain language, also a form of lying” (p.154). Estos ataques, que hacen reír a aquellos que
efectivamente asistieron a los cursos de Henry Corbin y que conocieron tanto su
riguroso contenido como su forma completamente académica, muestran la
vehemencia de la batalla cultural sobre lo que puede enseñarse - o no puede - a
la universidad. De paso notemos que Wasserstrom sobrevaloriza el prestigio de
Corbin como islamólogo al colocarlo en la cima absoluta de la celebridad. De
hecho, Corbin fue deliberadamente ignorado en materia de islamología por las
autoridades académicas francesas. De manera general, su celebridad en los
medios europeos – incluso en los medios intelectuales – es muy relativa. El
número de sus estudiantes fue siempre bastante modesto, y aún más el de sus
presuntos ‘discípulos’ – idea que él rechazaba categóricamente. Su actitud filosófica
era que cada quién debe realizar su propia búsqueda de la verdad y que el hecho
de seguir los pasos de un ‘maestro’ es por tanto una negación misma de la
actitud del filósofo.
Wasserstrom se esfuerza en todo caso en sostener
por todos los medios la tesis de un Corbin esoterista. Para ello todas las
armas son válidas incluyendo las más inesperadas. Mencionemos rápidamente las
improbables alusiones sobre la influencia del martinesismo y del martinismo
(cap. 2). El rol de la cabala cristiana es sobredimensionado también de manera
sorprendente. La relación con René Guénon es sumamente exagerada. Sabemos que
Corbin se sentía ajeno a la obra de Guénon y no la citaba nunca. La pacífica
Universidad Saint-Jean de Jerusalén, que varios de nosotros aquí presentes
conocimos de muy cerca, es sospechosa de haber querido organizar un movimiento
de pensamiento esoterista impregnado de ideas templarias e iluministas y
fundado sobre una sociedad secreta (p.p. 8, 42).
Según Wasserstrom, Corbin se presentaba como ‘profeta’
(p. 154). Para aquellos que conocieron al erudito sencillo y modesto que fue
Corbin esta es una afirmación muy extraña. ¿Será acaso que la afirmación tiene
por origen la “filosofía profética” de la que Corbin hablaba? La posición
escatológica expuesta por Henry Corbin es profundamente mal comprendida por Wasserstrom,
ya que para los autores estudiados y presentados por Corbin, el horizonte
histórico esta siempre bordeado por un presente de eternidad, pero ello no
significa tomar partido respecto a la presente situación de nuestro mundo (por
ejemplo, la anécdota del Profesor Suzuki en Eranos donde él toma una cuchara y
dice “Esta cuchara esta ahora en el Paraíso…”, p. 167); cf p.172 sq. De manera
más precisa, al ignorar la posición religiosa personal de Corbin (pp.65, 153) –
que se presentó siempre como cristiano protestante – Wasserstrom sólo ve un
sincretismo esotérico. Es cierto que el estudio profundo de la cristología de
Corbin podría dar la clave de sus posiciones personales respecto a las imamologías
shi’itas o a la hagiología sunnita (con Ibn ‘Arabî particularmente), pero esto
no se ha realizado todavía.
3. Por último, la obra de Corbin constituye para el análisis de Wasserstrom
un ataque contra la modernidad. “And
since, on the basis of this occultist syncretism, he declared war on us,
and since his war on us more than circumstantially resembles related wars on
modernity, we would in fact be obtuse not to register the worldly thrust of
this otherworldly bellicosity” (p.156). Esta conclusión es producto de interpretaciones tergiversadas
de citas de Corbin (pp.147-148). Corbin ataca las pretensiones de la
sociología, del historicismo y del psicoanálisis, entendidos como normas de
este mundo, pretendiendo dar cuenta de todas las manifestaciones del espíritu
y, en este sentido, él lamenta la empresa de laicización de ciertos personajes
encargados de explicar el fenómeno religioso. Pero de ninguna manera, hasta
donde yo sepa, él ataca la modernidad, o aún peor la laicidad, como fenómenos
políticos y sociales globales. La afirmación de una posición hostil a la
laicización (“secularización”, p. 61) en este sentido es falsa.
La acusación va más allá para entrar en zonas aún
más turbias. Henry Corbin es acusado de mantener una hostilidad por la
democracia (p. 155). Wasserstrom
no llega a afirmar que Corbin era fascista pero si que él participaba de una
actitud general que había hecho posible tales movimientos: “My concern, to speak plainly, is that such
hidden authority demanded by Corbin was in fact but another spiritualized
version of an all too familiar assault on democracy and science. Corbin’s
program, that is, fits with his cohort of European religious intellectuals in
the Generation of 1914 : a radical traditionalism, a revolutionary
conservatism, a reactionary aggression that was profoundly, instructively,
equivocal about – when it was not identical with – fascism” (p.155). La visión del Superhombre es objeto de
malos entendidos (p. 214; la declaración se dirige a la walâya shi’ita,
sin duda). Igualmente cargada de malos entendidos insidiosos es la insistencia
sobre la supuesta germanofilia de Corbin – como aquella de M.Eliade y de C.J.
Jung además -. Wasserstrom va aún mucho más lejos, hasta hablar de “antisemitismo
metafìsico”, a propósito de la cuestión de legalismo (p. 179), aunque no llega
a acusar al propio Corbin de antisemitismo – lo que se desmentiría en cualquier
caso con la actitud de Corbin hacia sus colegas de Europa Central de origen
judío en los años 30 y en varios textos importantes. Las críticas formuladas
por Corbin contra el legalismo – y que apuntan, según los textos, hacia la
actitud de doctores de la Ley musulmana o de la Iglesia católica – son
supuestamente dirigidas al judaísmo rabínico, lo que ningún texto puede llegar
a confirmar.
En el mismo registro de malos entendidos extraños,
el supuesto “Iranian romantic nationalism”
de Corbin es desviado hacia el arianismo del régimen de los Pahlavi (p.p.
133-135). Wasserstrom se basa para ello sobre un artículo de Hamid Algar sin
verificar su solidez. La escalada hacia la novela de política-ficción alcanza
su punto máximo con la evocación de un magnate petrolero y mecenas de la Bollingen
Foundation llamado Paul Mellon, amigo de Jung, y de sus lazos con los servicios
de información americanos (p.p. 150-153). Estamos frente a una desviación
novelesca, pero en el fondo necesaria para la tesis del autor: si cada pensador
esta condicionado por sus circunstancias históricas, Corbin debió
necesariamente vivir una alternativa política cualquiera determinante. Wasserstrom
declara de ese hecho, sin detenerse, la “paradoja” entre una “fidelidad” al
régimen del Shah, por tanto completamente secular, y su pasión por el Islam
shi’ita que terminó por derribarlo (p. 65).
En el mismo tenor, se supone la tendencia de
Corbin o su pertenencia a una sociedad secreta, implicando desviaciones de
extrema derecha. La afirmación es – y con razón – imposible de demostrar, lo
que no le impide a Wasserstrom afirmar que Corbin se proponía crear un grupo políticamente
activo (“obviously presuming political
action, though of an entirely cryptic kind”, p.150). Además Wasserstrom lo
considera un combatiente de esta causa, como lo atestigua el lenguaje
“agresivo” de Corbin, el cual es ilustrado con diversas citas tales como las
que le dirige a Eliade: “Nos hemos encontrado como compañeros de armas (…)
Hemos militado siempre juntos en la filosofía del mismo lado de un frente
invisible”; o también el título propuesto para la sesión de 1979 de la
Universidad Saint Jean de Jerusalén “El combate para el Alma del mundo” (p.p.
16-19).
No habría razón de detenerse en este panfleto frágil
y extraño si el no procediera de un especialista reconocido y por demás
respetado en la ciencia de religiones. El poder cultural en juego aparece aquí
de manera considerable. Wasserstrom se bate por la ‘Historia’, lo cual es su
derecho en el sentido mas estricto, pero su lectura de Corbin no sólo es
superficial, sino que además esta llena de juicios a priori y sobretodo mal documentada – lo que resulta paradójico de
la parte de un universitario que predica precisamente el método histórico. Al
conocer poco los pensadores musulmanes estudiados, Wasserstrom se basa
esencialmente en los textos corbinianos traducidos al inglés y así él llega a
una denuncia inadecuada de la filosofía que él aborda.
La decepción es real ya que, después de todo, el
debate merecería ser efectivamente sobre la obra corbiniana. Las preguntas que,
en efecto, uno se hace son: ¿Se pueden abordar las religiones como tales, como
significantes por ellas mismas? ¿La fenomenología es un camino convincente en
materia del estudio de religiones? ¿Acaso la actitud religiosa puede producir
por sí misma su propio sentido, sin dar cuenta a otras disciplinas de las
humanidades (cf pp.56-57; 99; 160)? ¿La psicología y el psicoanálisis tienen
algo que agregar a la comprensión de la experiencia mística? De manera general:
¿Qué entendemos por “las religiones”? ¿Con ello designamos su dimensión social,
moral – o la aventura espiritual individual que ellas implican? La cuestión de
la experiencia mística se presenta a propósito de Ibn ‘Arabî, en una conclusión
general en la que el tono es más sosegado. Desgraciadamente, la demostración de
Wasserstrom es circular: Cuando él afirma “The history of religion, I conclude,
must end up being a historical study or it may be no study at all”, parece
rechazar por definición un enfoque no histórico de la religión, como si la
intención del trabajo de Corbin – la de una filosofía de la religión –
no tuviera nada que decir de importante sobre las religiones. En consecuencia,
las dimensiones del debate que hubieran podido ser fecundas quedan como
prisioneras de sus propias premisas.
Pierre Lory
Ecole Pratique des Hautes Etudes
(Sorbonne, Paris)