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De Heidegger a Sohravardî Conversación
con Philippe Nemo
P.
N. Henry Corbin, Ud. fue el
primer traductor de Heidegger en Francia, posteriormente fue el primero en
introducir la filosofía islámica iraní. ¿Cómo se concilian estas dos tareas en
un mismo hombre, dado sobre todo, que Martin Heidegger reivindica Occidente
como su patria? Su filosofía es típicamente alemana y quizá hay una cierta
disparidad entre la ocupación de traducir Heidegger y la de traducir
Sohravardî… H.
C. Es una pregunta que me ha sido
planteada a menudo, y he constatado a veces con diversión, el estupor de los
interlocutores al descubrir que el traductor de Heidegger y el introductor de
la filosofía islámica iraní eran la misma persona. Y preguntarse: ¿cómo pasó de
uno al otro? Hace tiempo, intenté decirle durante una conversación que tuvimos
poco después del fallecimiento de Heidegger, que esta sorpresa es el síntoma de
la compartimentación a priori de nuestras disciplinas con una etiqueta.
Decimos: hay los germanistas y hay los orientalistas. Entre los orientalistas
hay islamólogos, iranólogos, etc. ¿Pero como se pasa del germanismo a la
iranología ? Si aquellos que se plantean esta pregunta, tuviesen una
pequeña idea de lo que es la filosofía, la Búsqueda del filósofo, si se imaginaran
que los incidentes lingüísticos no son para un filósofo mas que incidentes del
recorrido, señalando únicamente variantes topográficas de importancia
secundaria, quizá se sorprenderían menos. Aprovecho la ocasión para decir estas cosas porque me he encontrado
con versiones absolutamente fantásticas de mi biografía espiritual. Tuve el
privilegio y el placer de pasar unos momentos inolvidables con Heidegger, en
Freiburg, en Abril del 1934 y Julio del 1936, es decir, durante el periodo en
que elaboraba la traducción de la recopilación de textos publicados bajo el
título ¿Qué es la Metafísica?. Supe con sorpresa que, si yo me había
vuelto hacia el sufismo era porque me había decepcionado la filosofía de
Heidegger. Esta versión es completamente falsa. Mis primeras publicaciones
sobre Sohravardî datan del 1933 y 1935 (mi diploma de la Escuela de Lenguas
Orientales es del 1929); mi traducción de Heidegger aparece en 1938. Un
filósofo dirige su búsqueda simultáneamente en diferentes frentes, si se puede
decir así, sobre todo si para esta persona, la filosofía no se limita al
concepto estrechamente racionalista que algunos han heredado de nuestros días
de filósofos del “Siglo de las Luces”. ¡Lejos de ello! La búsqueda del filósofo
debe englobar un campo suficientemente vasto para que se pueda tener la
filosofía visionaria de un Jacob Boehme, la de un Ibn ‘Arabî, la de un
Swedenborg, etc. Resumiendo, para recibir los datos de los Libros revelados y
las experiencias del mundo imaginal como otras fuentes ofrecidas a la
meditación filosófica. De otro modo, la philosophia no tendría nada que
ver con la Sophia. Toda mi formación es originalmente filosófica, es por
lo que no soy realmente ni un germanista, ni siquiera un orientalista, sino un
filósofo persiguiendo su búsqueda allá donde el Espíritu le guíe. Si me ha
guiado hacia Freiburg, hacia Teherán, hacia Isfahan, estas ciudades serán para
mí siempre, esencialmente, “ciudades emblemáticas”, los símbolos de un
recorrido permanente. 1. Lo
que me gustaría hacer entender, aunque fuese desesperando de hacerlo en estos
pocos instantes – pues sería necesario que escribiese todo un libro – es esto.
Lo que buscaba en Heidegger, lo que entendí gracias a Heidegger, es lo mismo
que buscaba y que encontraba en la metafísica islámico-iraní, en la obra de
personajes de los cuales recordaré mas adelante algunos grandes nombres. Pero
con estos últimos, todo se situaba a partir de entonces en un nivel diferente,
transpuesto a un registro cuyo secreto explica porqué finalmente, no fue por
azar el que mi destino me comisionara tras la segunda guerra mundial, a Irán,
donde todavía ahora, después de mas de treinta años, no he cesado de tener
contactos y de profundizar lo que fueron la cultura espiritual y la misión
espiritual de este país. Pero desearía y
necesito, precisar un poco más, justamente para hacer comprender lo que fueron
mi trabajo, mi búsqueda, lo que debo a Heidegger y lo que he conservado de él a
lo largo de mi carrera de investigador. Está, yo diría en primer lugar, la idea de la hermenéutica, que
aparece ya en las primeras páginas de Sein und Zeit (“Ser y Tiempo”). El
inmenso mérito de Heidegger consistirá en haber centrado sobre su hermenéutica
el mismo acto del philosopher. Esta palabra “hermenéutica”, cuando se
empleaba entre los filósofos, hace cuarenta años, parecía extraña, es decir,
bárbara. Y sin embargo, es un término acuñado en el griego, de uso corriente
entre los especialistas de la Biblia. Debemos su uso técnico a Aristóteles: el
título de su tratado peri hermêneias fue traducido en latín De
interpretatione. Hay una mejor, pues en el uso filosófico de nuestros días,
la hermenéutica, lo que se llama en alemán das Verstehen, el
“Comprender” es el arte o la técnica del “Comprender”, tal como lo entendía Dilthey.
Un viejo amigo, Bernard Groethuysen, que había sido alumno de Dilthey, la
mencionaba siempre durante nuestras conversaciones. Hay en ello, efectivamente,
un lazo directo entre el Verstehen como hermenéutica en la “filosofía
comprehensiva” de Dilthey y la analítica, la idea de la hermenéutica en
Heidegger. Sin embargo, en Dilthey, esta
deriva de Schleiermacher, el gran teólogo del romanticismo alemán, al cual
Dilthey había consagrado un enorme trabajo quedando inacabado. Allí mismo
volvemos a encontrar los orígenes teológicos, principalmente protestantes, del
concepto de hermenéutica del cual hacemos hoy en día un uso filosófico.
Desafortunadamente tengo la impresión de que nuestros jóvenes heideggerianos
han perdido un poco de vista este vínculo de la hermenéutica con la teología.
Para reencontrarla, evidentemente habría que restaurar una idea de la teología
bastante diferente de la que se tiene mayoritariamente en Francia en nuestros
días, como fuera, quiero decir que se ha convertido en la criada de la
sociología, cuando no es “socio-política”. Esta restauración no podrá hacerse
mas que a través de la hermenéutica práctica en las religiones del Libro:
Judaísmo, Cristianismo, Islam, porque es allí donde la hermenéutica se ha
desarrollado como un exegeta espontáneo y mantiene en reserva palingenesias
futuras. ¿Por qué? Pues porque tenemos en manos un Libro del que depende Todo.
Se trata de comprender su sentido, pero de comprender su verdadero
sentido. Tres aspectos: está el acto de comprender, el fenómeno del sentido, está el descubrimiento de la verdad de
este sentido. ¿Será este sentido verdadero el que se denomina corrientemente,
sentido histórico, o bien un sentido que nos refiere a otro nivel que el de la
Historia en el sentido corriente de la palabra? De entrada, la hermenéutica
practicada en las religiones del Libro pone en juego los temas y vocabulario
familiares a la fenomenología. Lo que me encantaba reencontrar en Heidegger,
era en suma, la filiación de la hermenéutica desde el teólogo Schleiermacher, y
si me reclamo de la fenomenología, es porque la hermenéutica filosófica es,
esencialmente, la llave que abre el sentido oculto (etimológicamente lo esotérico)
bajo los enunciados exotéricos. Yo no he hecho mas que seguir profundizando
primero en el vasto campo inexplorado de la gnosis islámica shi’í y después en
las regiones de la gnosis cristiana y de la judía que la limitan.
Inevitablemente, ya que por una parte, el concepto de hermenéutico tenía un
sabor heideggeriano y por otra parte porque mis primeras publicaciones se
referían al gran filósofo iraní Sohravardí, algunos “historiadores” se
obstinaban en insinuar “virtuosamente” que había mezclado (sic) a
Heidegger con Sohravardî. Pero servirse de una llave para abrir una cerradura,
no es en absoluto confundir la llave con la cerradura. Tampoco se trata de
utilizar a Heidegger como una llave, sino de servirse de la llave de la cual él
mismo se había servido y que estaba a disposición de todo el mundo. Gracias a
Dios, hay insinuaciones cuya ineptitud las reduce por sí mismas a la nada y por
su parte el fenomenólogo tendría mucho que decir sobre las falsas llaves del
historicismo. Desde este mismo punto de vista, hay un libro, en el conjunto de la
obra de Heidegger, del cual quizá no se habla suficientemente. Es cierto que es
un libro antiguo, uno de los primeros redactados por Heidegger, pues fue su
“tesis de habilitación”. Se trata de su libro sobre Duns Scot. Este libro
contiene páginas que fueron para mí particularmente esclarecedoras, pues
trataban de lo que nuestros filósofos medievales llamaban la grammatica
speculativa. Saqué de él un provecho inmediato cuando fui llamado a suplir
a mi recordado amigo Alexandre Koyré en la sección de Ciencias Religiosas de la
Ecole des Hautes Etudes, durante los años 1937-1939. Tratándose de la
hermenéutica luterana, puse en marcha lo que había aprendido de la grammatica
speculativa. Es una noción
que, efectivamente, domina la hermenéutica del joven Luthero, la de la significatio
passiva, sobre la cual trata precisamente la “gramática especulativa”. El
joven Luthero afronta el versículo del salmo: In justitutia tua libera me.
¿Cómo la justicia divina, el aspecto de Rigor opuesto al de Misericordia,
podría ser el instrumento de la liberación? El enfrentamiento no tiene
solución, en tanto que se hace de esta justicia un atributo que se confiere a
un Dios en Sí mismo. Todo cambia, cuando se comprende su significatio
passiva. Es decir, es la justicia por la cual somos hechos justos. Y así
ocurre para los demás atributos divinos, los cuales no pueden ser entendidos (modus
intelligendi) mas que por su relación con nosotros (nuestro modus
essendi), y que deberían ser siempre explicados con la adjunción del sufijo
“-fico”[1] (l’unifico, el benéfico,
el verífico, el santifico, etc…). Es este descubrimiento lo que
hizo del joven Luthero, el gran interprete de San Pablo, a la vez que había
acabado siendo su víctima. Ahora bien, esta situación hermenéutica, la volví a
encontrar con gran frecuencia en los grandes textos de la filosofía mística del
Islam. Su especificidad me habría permanecido oculta, si no hubiese dispuesto
de la llave de la significatio passiva. Un simple ejemplo: el
advenimiento del ser en esta teosofía, es la puesta del ser al imperativo: KN[2],
Esto (en la segunda persona, no el fiat[3]).
Lo que está primero, lo que no es ni el ens ni el esse, sino el esto.
“¡Se!”. Este imperativo inaugurador del ser, es el imperativo divino al sentido
activo (amr fi’lî); pero considerado en el ente que hace ser, el ente
que nosotros somos, es este mismo imperativo pero en su significatio passiva
(amr maf’ûli). Creo que
podríamos decir que aquí mismo es donde reside el triunfo de la hermenéutica
como Verstehen, es decir, saber que lo que comprendemos realmente, no es
mas que lo experimentado y sufrido por nosotros, es lo que nosotros soportamos
en nuestro propio ser. La hermenéutica no consiste en deliberar sobre estos
conceptos, es esencialmente, el desvelamiento de lo que pasa en nosotros, el
desvelamiento de lo que nos hace emitir tal concepción, tal visión, tal
proyección, cuando nuestra passion pasa a ser action, un soportar
activo, profético-poïético. El fenómeno del
sentido, que es fundamental en la metafísica del Sein und Zeit, es el
vínculo entre el significante y el significado. Pero ¿Qué es lo que hace este
vínculo sin el cual el significante y significado permanecerían solo como
objetos de consideración teórica? Este vínculo,
es el sujeto y este sujeto es la presencia, presencia del modo de ser en
el modo de comprender. Pre-sencia, Da-sein. No quiero volver aquí sobre
los motivos que, en su momento, de acuerdo con nuestros amigos, nos hicieron
traducir Da-sein por realidad-humana. Se lo que tiene de vulnerable,
sobre todo cuando, por una negligencia demasiado frecuente, se omite el trazo
de unión del cual habíamos explicado el porqué de su esencialidad. Da-sein :
estar-ahí, es como se entiende. Pero estar-ahí, es esencialmente, hacer acto de
presencia, acto de esta presencia por la cual y para la cual se desvela
el sentido en el presente, esta presencia sin la cual algo como un sentido en
el presente, no se habría desvelado nunca. La modalidad de esta presencia
humana es de este modo, reveladora, pero de tal manera, que revelando el
sentido, es ella misma quien se revela, ella misma que es revelada. Nuevamente,
la concomitancia pasión-acción. Resumiendo, el vínculo al cual nos hace estar atentos la
fenomenología, es el vínculo indisoluble ente modi intelligendi y
modi essendi, entre modos de comprender y modos de ser. Los modos de comprender están esencialmente
en función de los modos de ser. Todo cambio en el modo de comprender es
concomitante a un cambio en el modo de ser. Los modos de ser son las
condiciones ontológicas, existenciales (no digo existencialistas) del
“Comprender”, del Verstehen, es decir, de la hermenéutica. La
hermenéutica es la forma propia de la tarea del fenomenólogo. 2. Pasemos al
extraño vocabulario ante el cual nos sitúa Heidegger, y que pone duramente a
prueba a su primer traductor francés. Pienso en palabras como Erschliessen,
Erschlossenheit; todos los términos que designan los actos por los
cuales se revelan las modalidades de la presencia-humana; los términos como Entdecken,
descubrir, desvelar lo oculto, lo Verborgen. Ahora bien, comprobé
pronto, que se encontraba el equivalente a estas palabras en al árabe clásico
de los grandes teósofos visionarios del Islam. El puente
tampoco es tan difícil de encontrar. Recordaba hace un momento el libro de
Heidegger sobre Duns Scot. Sabemos, tal como nos lo ha mostrado Etienne Wilson
que Avicena se encuentra en el punto de partida del pensamiento de Duns Scot. Y
después, en el siglo XII, gracias a los historiadores de la escuela de Toledo,
tuvimos un vocabulario filosófico común, árabe-latin. Denis de Rougemont
recordaba no hace mucho con humor, que en aquella época en la que éramos
compañeros de juventud, había constatado que mi ejemplar del Sein und Zeit
llevaba en los márgenes, numerosas glosas en árabe. Ciertamente, creo que me
habría sido mucho más difícil traducir el vocabulario de un Sohravardî, de un
Ibn ‘Arabî, de un Mollâ Sadrâ Shîrâzî, etc… si no me hubiese entrenado
previamente con los ejercicios, las acrobacias que tuve que hacer para traducir
el vocabulario alemán inaudito que encontramos en Heidegger. Pienso en los
términos árabes como zâhir, que significa lo exterior, lo exotérico, o
como bâtin que designa lo interior lo oculto, lo esotérico. Toda una
familia de palabras se organiza alrededor de estos dos términos. Hay un zohûr,
la manifestación, el acto de revelarse, de aparecer; izhâr, el acto de hacer aparecer,
manifestarse; mozhir, lo que hace manifestarse; mazhar, la forma
de manifestación, la forme epifánica; mazharîya, la función epifánica de
un mazhar. En persa, hay términos como hast-kardan, hacer
ser; has-konandeh, lo que hace ser, hast-kardeh, hast-gardîdeh,
lo que es hecho ser. No voy a iniciar un diccionario. Es suficiente con estos
pocos términos para ver venir todo el vocabulario de la fenomenología. Así pues,
¿tengo necesidad de insistir sobre el servicio mutuo que pueden darse el
conocimiento del vocabulario teosófico islámico y el conocimiento del
vocabulario de la fenomenología? Ello, a pesar de la diferencia en el nivel de
objetivo que mencionaré enseguida. Hay
efectivamente, lo que llamamos “los niveles hermenéuticos”. El término hoy en
día se ha convertido en un término corriente, en aquella época lo era mucho
menos. Se trata, naturalmente en todos los casos, de considerar los niveles
hermenéuticos (los modi intelligendi) en función de los diferentes modos
de ser (modi essendi) y que son respectivamente los soportes. Son
precisamente estos modos de ser los que tenemos que diferenciar, a fin de
evitar toda confusión apresurada con los modos de comprender, malentendidos
contra los cuales no he cesado de poner en guardia a mis estudiantes, tanto en
Paris como en Teherán. Con este
fin, es conveniente que de una parte y
otra tengamos un concepto bien definido de la fenomenología y de la
hermenéutica. No hace falta decir que nos hemos preguntado a menudo como
traducir fielmente la idea de fenomenología, tanto en árabe como en
persa. Una solución, que no lo es, consiste en traducir simplemente la palabra
en escritura árabe. No es mejor tampoco, si como he visto a menudo a mis
estudiantes hacerlo o a los autores de memorias, se obstinan en buscar un
equivalente a golpe de diccionarios. Lo mejor sería comenzar por preguntarnos
si el vocabulario arabo-persa de la teosofía mística no nos ofrecería un término
que designase una acción correspondiente. Ahora bien, es un termino de uso
corriente en la teosofía mística (‘irfân), tan corriente incluso que
sirve de título a más de un libro. Es el término Kashf al-mahjûb, que
significa exactamente: “desvelamiento de lo que está oculto”. ¿No es
exactamente esta la tarea del fenomenólogo, la tarea que, desvelando y haciendo
manifestarse el sentido escondido, ocultado, bajo la apariencia, bajo el
fenómeno, cumple a su manera el programa de la Ciencia griega : sôzein
ta phainomena (salvar los fenómenos)? Kashf, es el desvelamiento (Enthüllung,
Entdecken) que conduce a la manifestación de la verdad ocultada bajo lo
aparente, el phainomenon (pensemos en todo lo que Heidegger ha dicho
sobre el concepto alêtheia, verdad). Este velo, somos nosotros mismos,
en tanto que no hagamos acto de presencia, en tanto que no estemos ahí (da-sein),
en el nivel hermenéutico postulado. Entonces no tendríamos que hacer la ruta
juntos, incluso siendo necesario que preveamos una diferencia en la altura del
objetivo, diferencia que se anuncia en el hecho de que por este desvelamiento
nuestros teósofos entienden el desvelamiento de lo esotérico escondido
bajo la apariencia exotérica. En ello mismo, su hermenéutica permanece
fiel a lo que es a la vez la fuente y el trampolín: “el fenómeno del Libro
Santo revelado” que recordaba al principio. Es precisamente
lo que nos sugiere el término que corresponde en árabe al nuestro de hermenéutica,
es decir, el término ta’wîl. Etimológicamente la palabra ta’wîl
quiere decir “reconducir una cosa a su fuente, a su arquetipo”. Es la técnica
del ”Comprender” en la cual han sobresalido los teósofos shi’íes, duocecimanos
e ismailíes, en su hermenéutica esotérica del Corán. Es “ocultar lo aparente y
hacer manifestarse lo oculto”, los alquimistas mismos no comprendían de otra
forma su gran obra. En esta vía hay una multitud de niveles hermenéuticos, los
cuales corresponden a tantos numerosos niveles del ser. Es por lo que el ta’wîl
auténtico no tiene nada que ver con la inofensiva “alegoría”; pero podría pasar
que el ascenso de estos niveles hermenéuticos nos diera la impresión de que
dejáramos atrás a nuestro compañero el fenomenólogo de occidente. Sin embargo,
siendo que nos encontramos comprometidos en la misma vía hermenéutica, ¿por qué
finalmente no reencontrarnos? Es justamente el tema de las relaciones que
tendremos, la misma cuestión que volvemos a encontrar inmediatamente a
propósito de la significatio passiva. Era suficiente, pero convenía
prolongar lo que hemos aprendido en la grammatica speculativa, para
seguir los admirables desarrollos del gran teósofo Ibn ‘Arabî, con respecto al sens
de los Nombres divinos. Simple ejercicio que me permite decir que si no se está
un poco iniciado en el secreto de la significatio passiva, se corre el
peligro de dudar y dejar escapar lo esencial. Permítame hacer referencia muy
brevemente a mi libro sobre Ibn ‘Arabî, que fue mi idea directriz en los
libros que constituyen mi obra de investigador en las ciencias filosóficas y religiosas. 3. Le será fácil comprender, apreciado Philippe Némo, por qué
no podía ni quería ser un “historiador” en el sentido normal y ordinario de la
palabra, un sabio que establece la balanza del pasado, pero que no se siente en
absoluto responsable del mismo; ni tampoco responsable del sentido que le da,
mientras que es él sin lugar a dudas quien da a este pasado un sentido u otro y
hace funcionar la “causalidad histórica” de acuerdo al sentido que ha decidido.
Y es porque para el historiador los hechos han pasado, los acontecimientos
forman parte del pasado, mientras que él, el historiador, no estaba allí. Pues
conviene que el historiador no esté allí donde y cuando pasó. Es necesario
incluso que no esté, que no haga nunca “acto de presencia” en este pasado a fin
de poder hablar de él con toda “objetividad histórica”. Incluso si prodigo los
términos como “pasado vivo”, “presencia del pasado”, esta presencia no es mas
que una inofensiva metáfora de su alibi personal. En revancha, el fenomenólogo
hermeneuta debe siempre estar ahí (da-sein), porque para él nunca hay
nada del pasado o superado. Es efectuando él mismo acto de presencia, lo que
hace manifestar lo que está oculto bajo el fenómeno aparente. Este acto de
presencia consiste en abrir, en hacer eclosionar el futuro que recela del
llamado pretérito pasado. Es verlo por delante del sí mismo y es bien distinto
a una metafórica e inofensiva presencia literaria del “pasado vivo”. Pues es al
mismo tiempo, sentirse “responsable del pasado” porque uno se hace responsable
del futuro. Ello implica un cierto modo de ser, cierto, pero el modo de ser que
precisamente condiciona este nivel hermenéutico, (no se trata de negar
dialécticamente los modos de ser. Se les comprende, se les rechaza, no se les
rechaza) es por lo que yo siempre me he mantenido como el fenomenólogo que fui
en mi juventud. Se bien que esto ha podido despistar a algunos de mis colegas
orientalistas mas o menos bien informados de las exigencias del filósofo. Pero
como el estado de búsqueda exigió que me hiciera editor crítico de varios
volúmenes de textos árabes y persas, probaba a la vez que un filósofo podía
acumular los deberes de la erudición filológica y las exigencias de la
comprensión filosófica. También he sido mejor comprendido por los filósofos,
los cuales han aceptado desde un principio mis palabras. Pero aquí se hacen
sentir las consecuencias de la pobreza de nuestros programas oficiales. Hay que
comenzar por hacer conocer los nombres de filósofos lejanos, el desfase de los
ciclos cronológicos, de los términos técnicos, etc., todo lo que debería ser de
normal notoriedad y que lo serán algún día quizá, cuando los filósofos de
Occidente y de Oriente hayan retomado juntos el hilo de su tradición. Necesito decir
que el curso de mis investigaciones tomaron origen en el incomparable análisis
que debemos a Heidegger mostrando las raíces ontológicas de la ciencia
histórica y poniendo en evidencia que hay una historicidad más original, más
primitiva, que aquella llamada Historia universal, la historia de los
acontecimientos exteriores, la Weltgeschichte, resumiendo, la historia
en el sentido ordinario y común de la palabra. Para significarla, forjé el
término de historialidad, y creo que el término debería conservarse. Hay
entre historialidad e historicidad la misma relación que entre lo existencial y
lo existencialista. Fue un momento decisivo. Esta historialidad me apareció, en
efecto, como si motivara y legitimara el rechazo de dejarnos insertar en
la historicidad de la Historia, en la trama de la causalidad histórica y como
si nos llamara a arrancarnos de la historicidad de la Historia. Pues si existe
un “sentido de la Historia”, no es en todo caso, en la historicidad de los
acontecimientos históricos; está en esta historialidad, en estas raíces
existenciales secretas, esotéricas, de la Historia y de lo histórico. Si
el momento fue decisivo, es porque fue también sin duda, el momento en el que,
tomando ejemplo de la analítica heideggeriana, fui llevado a aspirar a los
niveles hermenéuticos que su programa aún no había previsto. Se trata de lo que
llamé inmediatamente por el término de hiero-historia, historia sacra,
la cual no busca en absoluto los hechos exteriores de una “historia santa”, de
una “historia de salvación”, sino algo más original, es decir, lo esotérico
escondido bajo el fenómeno de la apariencia literal, la de las narraciones de
los Libros santos. Acabo de indicar el contraste entre historialidad e historicidad.
Ahora bien, es un contraste a que ya era perfectamente conocido, aunque
explicado en otros términos, por los gnósticos y cabalistas de las religiones
del Libro. Nuestros amigos kabalistas judíos, por ejemplo hablan de los
misterios de la Torah primordial, de la Torah-Sophia, conteniendo los
arquetipos de la creación que el Santo-bendito-sea, contempla durante milenios
antes de crear los mundos. Pero no es la historia del primer hombre, la
historia de Coré, la de la asna de Balaam, lo
que bajo su apariencia literal, ocupaba su meditación; no es con ello con lo
que creó los mundos. Lo que contemplaba
era la neshama, el centro espiritual más íntimo de la Torah y del
hombre, de la Torah tal como existe en el nivel del mundo supremo, el mundo del
Atsilut. Y es esto lo que la hermenéutica espiritual enseña a leer en la
Biblia. Similarmente, para los gnósticos shi’íes, duodecimanos e ismailíes, lo
que nosotros, profanos, llamamos historidicidad y sentido histórico, no es para
ellos mas que la imagen y la metáfora (majâz) de la verdadera Realidad (haqîqat)
de los acontecimientos y de las personas metafísicas, anteriormente a la
creación de nuestro mundo. Y es eso lo que la hermenéutica espiritual,
el ta’wîl, enseña a leer en el Corán. Si no hubiera justamente eso,
- y es lo que formuló de forma decisiva el 5º Imâm de los shi’íes, el Imâm
Mohammad Bâqir (s. VIII) – si no hubiese mas que la apariencia relativa en las
circunstancias de la revelación de los versículos coránicos, es decir, si no
hubiese mas que lo histórico, hace tiempo que el Corán sería un libro muerto.
Ahora bien, este libro estará vivo hasta el día de la Resurrección, y si está
vivo, es por la hermenéutica espiritual que desvela renovadamente los sentidos
ocultos – Por ello mismo la hermenéutica fenomenológica es llamada a retornar a
sus orígenes teológicos. Entonces, ¡el
colmo de la ironía! Aquello que los profanos, los exoteristas ven como sentido
metafórico, es precisamente lo que los gnósticos ven como el sentido verdadero,
pero ello porque no degradan nunca el sentido espiritual al rango de una
metáfora o de una alegoría. Y lo que el profano toma por el sentido verdadero,
como el sentido histórico visible, no es para los gnósticos mas que el sentido
metafórico, la metáfora de la Verdadera Realidad. Aquí tenemos nuestra ciencia
histórica y nuestros historiadores reducidos a las metáforas y al estado
metafórico. Y que decir de los teólogos exegetas que, en nuestros días, no
quieren conocer otro sentido que el sentido llamado “histórico” y destruyen la hiero-historia
insertándola a todo precio en la historicidad de la Historia, porque no puede
haber otra “realidad” para ellos. Todo lo más se le concederá una tipología tan
inofensiva como poco convincente. Quizá no he tenido muchos precursores para
hacer estas aproximaciones, pero me parecen indispensables, pues nos permiten
juzgar mejor si la analítica heideggeriana no quedó inmovilizada por
interrupciones prematuras. Porque la
historialidad de la hiero-historia nos arranca de la historicidad de la
Historia, nos permite examinar con ironía el furor de lo histórico y de la
historicidad reinante en nuestros días. Hay “llaves históricas”, “coloquios
históricos”, proposiciones de leyes históricas, “movimientos históricos”, etc.
La hiero-historia nos enseña que hay filiaciones más esenciales y verdaderas que las filiaciones históricas,
tan esenciales aunque el privilegio concedido a estos últimos por los “ciegos
de lo invisible» parezca insignificante. No es por un vínculo “histórico” que
nos aferramos a otros mundos que dan su “sentido” a este mundo. La analítica de
Heidegger tiene, entre otros, el extremo interés de llevarnos a comprender los
motivos que hacen que la humanidad de nuestros días se aferre a “lo histórico”
como lo único “real”. Se tiene la impresión de una laicización de la idea de la
Encarnación, entrañando hasta los teólogos en la estela de una sociología
generalizada y omnipresente. Ahora bien, la analítica del acto de presencia,
del da-sein, en el cual hace aparición el futuro del pasado, porque
“actúa” lo que en el pasado estaba por venir, debería tener la virtud de
liberarnos del espejismo de esta pasión de historicidad que es la pasión de
convertir lo que ocurre “en este momento” en “pasado”, pasado al cual se tendrá
la gloria de pertenecer, justamente porque disipa el espejismo de la idea del pasado
transfigurándolo. Pensemos
nuevamente en el singular vocabulario ante el cual Heidegger nos ha hecho
plantearnos la pregunta: ¿los actos de presencia-humana pasan al pasado puro y
simple? O bien ¿no están en el presente, porque ya han sido? Pero, si son, es
que la presencia que hace “acto de presencia” está siempre por venir, un futuro
que no cesa de constituirse en presente (Gegenwärtigendes-Zukunftiges).
El Habiendo-sido no puede en este momento ser-habiendo-sido (Gewesenheit)
mas que como naciendo sin cesar del futuro. No hay presente mas que porque el
futuro no cesa de convertirse en habiendo-sido (Gewensend). El presente
es eso: es el futuro habiendo-sido-por ser, pero porque el futuro es
habiendo-sido, mantiene al presente todas sus virtualidades y posibilidades.
Todo depende del “acto de presencia” (da-sein) por el cual el
habiendo-sido está ahí (da-gewesen). Es eso mismo el proceso de
la temporalización del tiempo. Pero entonces habría que confrontarlo con las
profundas intuiciones de los teósofos iraníes con respecto a este proceso. Ello
comienza con el Iran pre-islámico: todo lo que relaciona al zervânismo.
En el Irán islámico, un Semnânî (s. XIV) distingue entre la zamân âfâqî,
la temporalidad des los “horizontes”, es decir, el tiempo del macrocosmos, del
universo físico, el zamân anfosî, la temporalidad de las almas, es
decir, el tiempo psico-espiritual. Un Qâzî Sa’îd Qommî (s. XVII) distinguirá
entre una temporalidad opaca y densa (zamân kathîf) una temporalidad
sutil (latîf) y una temporalidad absolutamente sutil (altaf). He
tenido la ocasión de tratar de ello en mis libros. Lo que acabo de
intentar evocar me permite hacer comprender como la empresa del joven filósofo
Sohravardî, en el s. XII, proponiéndose deliberadamente, en pleno Irán
islamizado, “resucitar la teosofía de la Luz de los Sabios de la antigua
Persia”, no me habría aparecido con su fulgurante aura, si no hubiese
sido formado e informado por esta fenomenología. A ojos del historiador como
tal, el proyecto sohravardiano puede aparecer como una “visión del espíritu”,
según el término en uso, un proyecto arbitrario sin fundamento histórico. Pero
Sohravardî ni pensó ni actuó como un “historiador”. No delibera sobre los
conceptos, sobre las influencias, sobre los trazos históricos denunciados o
rechazables. Simplemente esta ahí:
hace acto de presencia. El pasado del viejo Irán zoroastriano, lo recoge
y lo sitúa de este modo en el presente. Ya no es un pasado sin futuro, habiendo
sido interrumpida toda filiación material. A este pasado le vuelve a dar un
futuro, un futuro que comienza por ser él mismo porque se siente responsable de
este pasado. Desafiando toda ruptura con lo histórico, el vínculo espiritual es
para él suficientemente fuerte para constituir una legítima filiación. De aquí
en adelante, los Sabios de la antigua Persia, los Khosrovânîyûn, son
realmente los precursores de los Ishrâqîyûn (los platonistas) del Irán
islámico. “Yo no tuve precursor - escribe nuestro shaij al-Ishrâq - para algo
como esto”. La intrepidez, ciertamente, de un joven pensador de treinta y cinco
años cuyo acto de presencia (da-sein) provoca y legitima el viraje del
pasado al futuro, porque es todo el futuro de este pasado que se constituye
nuevamente como presente al presente de su “acto de presencia”. Y ello es lo historialmente
verdadero.. El joven shaij al-Ishrâq,
Sohravardî, es para mí desde hace tiempo el héroe ejemplar en filosofía. Es
toda la cultura espiritual del Irán que me he esforzado en comprender según su
ejemplo, para darle toda su dimensión aún por venir. Quizá he ayudado un poco a
más de un amigo iraní, conocido o no, a encontrarse a sí mismo. He recibido en
mas de una ocasión testimonios que no han dejado de emocionarme. Pero soy
consciente de que tal acto de presencia debe ser ejercido por cualquiera que
quiera transmitir a Occidente un mensaje como el de los espirituales iraníes.
Creo no poder aportar mas directo testimonio que apoye lo que acabo de decir
con relación a lo que he conservado de Heidegger a lo largo de mi carrera de
investigador. Y ello es suficiente para disipar definitivamente el grave
malentendido que ya he denunciado, al menos en la medida en que este
malentendido fuese de buena fe. 4. Este apunte fue formulado hace ya tiempo: de hecho, la
analítica, la puesta en marcha de la hermenéutica heideggeriana postula
tácitamente una opción filosófica, una concepción del mundo, una Weltanschauung.
Esta opción se anuncia incluso en el horizonte bajo el cual se despliega la
analítica del Da del Da-sein. Pero no es en absoluto necesario
adherirse a esta Weltanschauung tácita para poner en marcha a su vez
todos los recursos de una analítica de este Da-sein, que he traducido
hace un momento por “hacer acto de presencia”. Si vuestra Weltanschauung
no coincide con la de Heidegger, se traducirá en el hecho de que le daréis al Da
del Da-sein otro situs, otra dimensión, que no lo hace Sein
und Zeit. Había hecho la comparación
con la llave que les he puesto en mano para abrir la cerradura. Esta llave, es
la hermenéutica. Les corresponde a Uds. dar a esta llave la forma que se adapte a la cerradura que tienen que
abrir. Los ejemplos que les he recordado, hace unos instantes, nos muestran que
de adaptada este modo, esta clavis hermeneutica abre todas las
cerraduras que cierran el acceso a lo velado, a lo oculto, a lo esotérico. Es
con la clavis hermeneutica que Swedenborg abre las cerraduras de los Arcana
caelestia de la Biblia. Esta llave, es,
si se puede decir, la principal herramienta que equipa el laboratorio mental de
la fenomenología. Pero servirse de esta clavis hermeneutica, porque
Heidegger les ha indicado como podían hacerse servir de ella y adaptarla, no
exige en absoluto ni quiere decir que se hayan adherido sin embargo a la
concepción del mundo, a la Weltanschauung de Heidegger. Ahora bien,
cuando se insinuaba que había “mezclado” Heidegger con Sohravardî, no se
referían a esta clavis hermeneutica de la cual aún no se tenía ninguna
idea; se quiso insinuar que había operado no se que sincretismo entre la Weltanschauung
de Heidegger y la de los filósofos iraníes. La insinuación es tan inepta, que
he puesto en duda la buena fe. Hice uso precisamente de la clavis
hermeneutica y he escrito páginas y páginas para demostrar las diferencias
de lo que ella abría. ¿Para qué? Las débiles críticas no
las leen y perseveran en su ineptitud. Como ejemplo de
mis esfuerzos para hacer surgir las diferencias y prevenir confusiones, me
referiré a la obra de uno de los mayores filósofos iraníes, Mollâ Sadrâ Shîrâzî
(s. XVII), él mismo, gran hermeneuta del Ishrâq de Sohravardî. He
tratado sobre Mollâ Sadrâ en muchos de mis libros; he publicado y traducido
completamente un tratado suyo y he dado muchos cursos sobre sus obras, tanto en
Paris como en Teherán. Mollâ Sadrâ es el autor de una verdadera revolución en
la metafísica, en la filosofía tradicional islámica. Fue el primero en hacer
estremecer la venerable metafísica de la Esencia, para substituirla por una
metafísica que da al acto de existir, a la existencia, prioridad y preeminencia
sobre la Esencia. No hacía falta más para que escuchase en Teherán a
estudiantes e investigadores proclamar con convicción que Mollâ Sadrâ era el
verdadero fundador del existencialismo! Otros, impresionados por la grandiosa
cosmogonía y psicología de Mollâ Sadrâ, encontraron con orgullo lo que ellos
mas o menos habían asimilado del evolucionismo. Ahora bien, la reminiscencia
Juanista que se encuentra en Mollâ Sadrâ y en tantos otros filósofos iraníes:
“Nada remonta al cielo fuera de lo que ha descendido de él”, es completamente
extraña al evolucionismo. La filosofía de la Imaginación activa como potencia
puramente espiritual, en Mollâ Sadrâ, autorizaba quizá alguna comparación con
el Bergson de Matière et Mémoire y L’Energie spirituelle. Pero el
horizonte escatológico de nuestros filósofos iraníes no es un horizonte
bergsoniano. En cada ocasión
me ha costado desplegar grandes esfuerzos y volver a la carga para evitar estas
confusiones que arruinan toda tentativa seria de la filosofía comparada. Y lo
he hecho sirviéndome de la clavis hermeneutica, es decir, mostrando que
a pesar de existir alguna consonancia,
subsistía una diferencia fundamental tal como nos las tenemos que ver con los
modos de comprensión (modi intelligendi) procedentes de los modos de ser
(modi essendi) completamente diferentes. Había que mostrar que la altura
del objetivo respectiva, correspondía a niveles hermenéuticos cuyos grados no
eran los mismos. También, al publicar y traducir una obra de Mollâ Sadrâ, El
Libro de las trascendencias metafísicas, tuve la ocasión de insistir
ampliamente sobre las particularidades del vocabulario del Ser en griego y en
latín, en árabe y en persa, en francés y en alemán. Ciertamente, los
traductores de Toledo en el s. XII, que recordaba hace un momento, nos ha
aportado los elementos de un vocabulario filosófico arabo-latino donde figuran
las palabras mâhîya (quidditas, essentia), wojûd (esse,
existere), mawjûd (ens), etc. No hay apenas necesidad de
remitirnos a este para comprender que no existe en un Mollâ Sadrâ ninguna
huella de eso que se ha llamado en Francia “existencialismo”, no quiero hablar
sobre esta filosofía de la existencia que ha tomado este nombre. Es que de una
parte y otra, los modos del ser que son los soportes de la primacía conferida a
“el existir” son radicalmente diferentes. Ello, sin prejuicio del juicio
expresado por Heidegger sobre el “existencialismo”, palabra que los
heidegerianos de los primeros tiempos nunca habrían pronunciado. Así pues,
llegamos a la diferencia fundamental de la cual resulta el paso, “mi paso”, de
Heidegger a Sohravadî, diferencia sobre la cual querría terminar. Acabo de
indicar como el uso de la clavis hermeneutica que Heidegger nos ha
puesto en las manos, no implica en absoluto una adhesión a su Weltanschauung.
La hermenéutica procede a partir del acto de presencia significado en el Da
del Da-sein; tiene por tarea poner a la luz como, comprendiéndose ella
misma, la presencia-humana sitúa, circunscribe en el Da, el situs
de su presencia y desvela el horizonte que le había permanecido hasta entonces
oculto. La metafísica de los Ishrâqîyûn, por excelencia la de un Mollâ
Sadrâ, culmina en una metafísica de la Presencia (hozûr). En Heidegger,
toda la ambigüedad de la finitud humana caracterizada como un “Ser-para-la-muerte”
(Sein zum Tode) se ordena alrededor de este situs. En un Mollâ
Sadrâ, en un Ibn ‘Arabî, la presencia tal como ellos la experimentan en este
mundo, tal como se les desvela “el fenómeno del mundo” por ellos vivido, no es
una Presencia cuya finalidad es la muerte, un ser-para-la-muerte, sino un “ser
para mas allá de la muerte”, decimos: Sein zum Jenseits des Todes. Vemos
de golpe que la concepción del mundo, la opción filosófica pre-existencial, ya
sea en Heidegger, ya sea en nuestros teósofos iraníes, es ella misma, un
elemento constitutivo del Da del Da-sein, del acto de presencia
en el mundo y de sus variantes. A partir de entonces no hay mas que mantenerse
lo mas estrechamente cerca posible de esta noción de Presencia. ¿Para que está
presente la presencia-humana? La búsqueda comenzará con toda justicia por la
gnoseología de los Ishrâqîyûn. Ellos distinguen lo siguiente: hay un
conocimiento formal (‘ilm sûrî) que es el conocimiento corriente; se
produce por la intermediación de una re-presentación, de una species,
actualizada en el alma. Y hay un conocimiento que designan como conocimiento presencial
(‘ilm hozûrî) el cual no pasa por la intermediación de una representación,
de una species, sino que es presencia inmediata, aquella por la cual el
acto de presencia del alma suscita ella misma la presencia de las cosas y se
hacen presentes a ella misma, no ya como objetos, sino como presencias. Es el
conocimiento que tipifican también como conocimiento “oriental” (‘ilm
ishrâqî), que es a la vez, el orto del Oriente del ser sobre el alma y el
orto de la iluminación matutina del alma sobre las cosas que revela y se revela
a sí misma como compresencias. Conviene conservar siempre en la palabra Ishrâq
su primero significado, el del orto y la elevación del astro por su Oriente.
Pero se trata de un oriente que no hay que buscar en los planos geográficos, es
la Luz que se alza, Luz anterior a toda cosa revelada, a toda presencia, puesto
que es ella la que las revela, la que hace la Presencia. Así toda la diferencia
se encontrará ahí, cuando se plantea la pregunta: ¿Cuales son las presencias
que la presencia-humana hace presentes a ella misma, haciendo acto de
presencia? Dicho de otra forma: ¿De que constelaciones de presencias se rodea
el Da del Da-sein revelándose a sí mismo? ¿En que mundos se está
presente estando ahí ? ¿Debería limitarme al fenómeno del mundo que
analiza Sein und Zeit ? ¿O bien presentir, aceptar y ampliar mi
presencia en todos los mundos e intermundos, tales como me los descubre y revela
la Presencia “oriental” de nuestros teósofos iraníes musulmanes? Planteando
esta pregunta, no hago mas que ilustrar la diferencia que indicaba hace un
momento. Si Heidegger nos enseña a analizar el Da del Da-sein, el
acto de presencia, no implica, como verán, que se imponen a este acto de
presencia los límites del horizonte heideggeriano, ni que deba inmovilizarse
prematuramente. Es por lo que evocaba el momento decisivo en que fui llevado
hacia niveles hermenéuticos no previstos por la analítica heideggeriana y de
los que disponía entonces. Quiero decir, una dimensión del acto de la presencia
en el que nos sentimos en compañía tanto de jerarquías divinas del gran
neoplatonista Proclos, como de las de la gnosis judía, la gnosis valentiniana,
la gnosis islámica. Desde entonces son también el futuro y la dimensión del
futuro los que se deciden. Si el acto de presencia es el futuro que no cesa de
constituirse en el presente, si depende de este acto de presencia el constituir
en el presente mi aún por venir, ¿cual es este futuro? No podemos esquivar la
elección, la opción filosófica latente desde antes del acto hermenéutico, pues
esta elección es decisiva: la hermenéutica no hace mas que desvelarla. Por una parte,
efectivamente se entiende el adagio patético de la analítica heideggeriana: ser
libre para la muerte. Por otra parte la firme invitación a una libertad
para el más allá de la muerte. Miremos la palabra Entschlossenheit:
la decisión-resuelta[4]. Se traduce hoy en día por
decisiones sin retroceso. Y es aún mejor. Pues se trata de saber si, y
en que medida esta resolución no sería un movimiento de retirada ante la
muerte, una impotencia a ser libre para el más allá de la muerte, a
hacerse presente en y para el más allá de la muerte. Temo mucho
que, convertida en la víctima del agnosticismo generalizado, la humanidad de
nuestros días desfallece ante la libertad para el más allá de la muerte.
Hemos acumulado con tanto ingenio todas las defensas posibles: psicoanálisis,
sociologismo y materialismo dialéctico, lingüística, historicismo, etc., todo
ha sido puesto en marcha para prohibirnos toda mirada y toda significación al
más allá. Incluso una humanidad infinitamente evolucionada, al término de
centenares de milenios como imagina Franz Werfel, en su conmovedora e inmensa
novela La Estrella de los no nacidos (Stern der Ungeborenen), a
excepción de los iniciados de siempre, los “chronosophos”, sigue sin llegar a
sobrellevar satisfactoriamente el peso de su futuro mas allá como si
fuese demasiado frágil y demasiado vieja. Y el sentido metafísico de la palabra
Occidente se encuentra ahí: el declive, el poniente, el sentido que Sohravardî
tipificó en su patético y breve Relato del exilio occidental. Quizá diga
algún día como ese Relato del exilio occidental fue un día precisamente
el momento decisivo en el que rechacé el peso de finitudes que pesaban bajo el
cielo sombrío de libertad heideggeriana. Necesitaba darme cuenta de que, bajo
este cielo sombrío, el Da del Da-sein era un islote en peligro,
precisamente el islote del “Exilio occidental”. La gente se
tranquiliza repitiendo: “la muerte forma parte de la vida”. No es
cierto a menos que entendamos la vida solamente en su sentído biológico. Pero la vida biológica deriva ella misma de otra vida que es su fuente
y que es independiente de ella y que es la Vida esencial. En tanto que la
decisión-resuelta sigue simplemente siendo “libre-para-la-muerte”, la muerte se
presentará como una reclusión, no como un exitus. Entonces no se saldrá
nunca de este mundo. Ser libre para el más allá de la muerte, es
presentir y hacer de ella un exitus, una salida de este mundo
hacia otros mundos. Pero son los vivos, no los muertos, los que salen de este
mundo. A pesar de todo
espero haber podido, a lo largo de estos breves momentos, hacer comprender como
el mismo filósofo puede ser a la vez, el primer traductor francés de Heidegger
y el hermeneuta de la res religiosa iraní. Quiero decir, haber hecho
comprender todo lo que le debo al armamento del que me había provisto la
hermenéutica de Heidegger y como y por qué me serví de ello para alcanzar otras
perspectivas. Creo que esta fue una experiencia completamente diferente de lo
que han representado los cruces, mas o menos con éxito, entre la filosofía de
Heidegger y la teología. Hay que comprender también, como después de mis largos
años de peregrinaje en Oriente, lejos de Europa, me fue difícil renovar mis
vínculos con la persona y la filosofía de Heidegger. P. N. Justamente, Henry Corbin, Ud. acaba de hablar del Heidegger que tradujo en 1938. Ha subrayado el
contraste entre la hermenéutica heideggeriana del Da-sein y la que le
hicieron descubrir los filósofos y místicos de Irán. Este contraste, lo mide
refiriéndose al sentido de las palabras “oriente” y “oriental”, tal como los
emplean estos filósofos; pero ¿tendríamos que entender que tras 1938 la
continuación de las obras de Heidegger testimonia un freno y una paralización
en las posiciones entonces adquiridas? ¿Tendríamos que entender que la segunda
parte de la obra de Heidegger, tras el periodo del Sein und Zeit y de ¿Que
es la metafísica ? no cambió en nada este cierre que Ud. experimento
en la primera parte de su obra? H. C. ¡Cuidado! ¡No
querría a ningún precio emplear la palabra “cierre” en relación a un filosofo
que nos ha enseñado a abrir tantas cerraduras del Ser! Pero la pregunta que Ud.
me plantea con respecto a mi propio caso: ¿Que han representado la obra y el
pensamiento de Heidegger para un investigador conocido al mismo tiempo, o desde
entonces, como intérprete de una filosofía islámica iraní, que había
permanecido Terra incognita en Occidente. He intentado responder de la
mejor manera posible a su pregunta, y naturalmente no podía tratarse de la obra
de Heidegger tal como la que disponemos en 1938 y que era ya de un cierto peso.
La pregunta que Ud. me plantea ahora apunta al conjunto de la obra de
Heidegger. Para responder necesitaría
todo un estudio comparativo de este conjunto con el conjunto de la filosofía
iraní islámica. La tarea sería quizá concebible algún día, pero reconozco que
por el momento me sobrepasa. Me queda aún tanto que hacer por parte de nuestros
filósofos iraníes, justamente para que tal investigación de filosofía comparada
sea posible un día. Esta tarea le concernirá a nuestros jóvenes colegas filósofos,
por una parte aquellos que habrían mantenido el contacto con la producción
ulterior de Heidegger, contacto que yo había inevitablemente perdido a lo largo
de mis largos años de Oriente, y por otra parte los jóvenes filósofos, mis
auditores y otros, a quienes he animado a estudiar por su propia cuenta el
árabe y el persa, a fin de poder trabajar con filósofos arrancando la filosofía
y la teosofía islámicas del ghetto de lo que se convino llamar el
“orientalismo”. El despliegue
de la obra de Heidegger fue, como Ud. sabe, considerable. ¿No se nos habla de
una edición íntegra que, habiendo incluido el texto de los seminarios,
comprendería unos 70 volúmenes?. Es justo a la medida de los in-folios de
nuestros filósofos orientales. Hay pues bellas perspectivas de trabajo, de
posibles, de “poder-ser” ilimitados para comprender. Es el momento de volver a
decir: ¡Filósofos, a sus puestos! En todo caso, creo útil aportar un testimonio
en vistas a responder una pregunta que he escuchado a menudo plantearse y que es
quizá, un enigma. Esta pregunta se refiere a la suerte de lo que hubiese sido
la segunda parte del Sein und Zeit, segunda parte sin la cual la primera
no es mas que una bóveda privada de su arranque y que hubiese sin duda
finalizado el edificio ontológico de la historialidad. Ahora bien, vi
con mis propios ojos el manuscrito de esta segunda parte sobre la mesa de
trabajo de Heidegger en julio de 1936, en Freiburg. Estaba en un gran estuche.
Heidegger incluso se divirtió poniéndomelo en la mano a fin de que lo sopesara,
y era muy pesado. ¿Qué ocurrió desde entonces con este manuscrito? Ha habido
respuestas contradictorias, ni yo mismo puedo darle una. Vuelto a su
pregunta. Así como no puedo hablar de un “cierre” en la tarea filosófica de
Heidegger, tampoco el despliegue de su obra nos permite hablar de una
detención, de una paralización. De hecho, el tema no es ese. La cuestión es
saber si a lo largo de este despliegue, la analítica heideggeriana, puesta en
marcha bajo múltiples aspectos, mantiene subyacentes los presupuestos tácitos
de una Weltanschauung evidentes desde el principio. Analizar el ser-para-la-muerte
como la anticipación de la posibilidad para el ser humano de formar un todo
perfeccionado, implica ahora, si o no, una filosofía de la vida y de la muerte?
Creo que para los filósofos “orientales” que he recordado, la idea de un perfeccionamiento
así contemplado, denuncia por el contrario, la aceptación del inacabamiento
de un ser condenado a retroceder de sí mismo. Es por lo que he preferido hablar
de una hermenéutica de la existencia humana inmovilizándose prematuramente
sobre un acabado que es de hecho, jamás inacabado sin un impulso-hacia-adelante
(vorlaufen) que es un impulso al más allá. P. N. Henry Corbin, me
gustaría plantearle una última pregunta. Nos ha hecho ver el contraste entre el
horizonte de la analítica de Heidegger y el horizonte “oriental”. Sin embargo,
si es cierto que en Heidegger no hay lugar para la noción de Dios, puesto que
Dios es asimilable para él a un concepto metafísico, el de Ser supremo, hay sin
embargo en Heidegger sitio para la dimensión de lo sagrado, por una diferencia
que él llama, diferencia ontológica entre el Ser y ente, es decir, por la
diferente entre dos mundos, el mundo eterno que está arriba y un mundo
provisorio que está abajo. Ahora bien, ¿No encontraríamos aquí el medio de
hacer reunir el pensamiento de Heidegger y un pensamiento religioso? H. C. Tengo la
impresión, estimado Philippe Némo, que la pregunta, tal como Ud. la plantea,
tendería a hacer de Heidegger un gran platonista. Le comprometería de este modo
por una vía escabrosa donde sería necesario vigilar cada uno de sus pasos. No
estoy seguro de poder seguirle. Recordemos primero que se podría decir que la
dimensión “oriental”, fue presentida por Heidegger, incluso cuando no se trata
del “Oriente” en el sentido en que lo entendían los Ishrâqîyûn, los
“platonistas de Persia”. Ud. mismo debe haber sentido seguramente el eco de las
sorprendentes declaraciones de Heidegger con respecto a los Upanishads,
dejándonos presentir que había en el fondo alguna cosa como la que él buscaba.
Dicho esto, reconocemos que la relación entre el Ser y el ente no equivale a la
relación entre el mundo de arriba y el mundo de abajo. No es suficiente con
oponer un mundo del Ser al mundo del ente para acceder a lo sagrado. El mundo
del ente no significa eo ipso el mundo caduco y provisorio, pues todos
los universos de los Dioses y los Ángeles son universos eternos del ente. Por
el contrario, ha señalado acertadamente una cosa esencial recordándonos que
para Heidegger, el concepto de Dios es el concepto metafísico del Ente supremo
(Ens Supremum, Summun Ens) y veía en otros, la dificultad preguntándose
que relación podía tener este Summun Ens con el non-ens, el nihil,
la nada, cuando se dice que el ens creatum es creado ex nihilo,
de la nada, por el Ens increatum. Tocamos aquí una dificultad
fundamental, incluso radical, que pone en cuestión todo el sentido del
monoteísmo. Esto fue advertido por los teósofos islámicos con una vigilancia
extrema, creo, de preferencia a cualquier otra cosa, puesto que todo el
horizonte del pensamiento y la espiritualidad islámicas está dominado por el tawhîd,
la afirmación del Único. ¿Que ocurre con este Único? Podría
producirse una confusión catastrófica. Ya fue denunciada con lucidez por
nuestros teósofos místicos iraníes, denunciando la confusión cometida por
muchos sufís y a continuación por mas de un orientalista. Es la confusión entre
el Esse o el Ser (en árabe wojûd) y el ens o el ente (en
árabe mawjûd). Aquí ciertamente nos codeamos con Heidegger. En teosofía
islámica, Ibn ‘Arabî (s. XIII) marcó con fuerza la diferencia entre el tawhîd
teológico (olûhî) y el tawhîd ontológico (wojûdî). El
tawhîd teológico, exotérico, afirma efectivamente la Unicidad de Dios como Ens
supremum, como el Ente que domina a todos los otros entes. El tawhîd
ontológico, esotérico, afirma la unicidad trascendental del Ser. El Ser o el esse,
en su esencia, es uno y único. Los entes que el Ser actualiza en su acto de ser
son, por esencia, múltiples. El Ser uno y único y bien la Divinidad una y
única, incognoscible en el trasfondo de su misterio, es el Absconditum
que puede solamente rodear, y de lejos, la teología apofática o negativa. No es
cognoscible positivamente mas que en sus teofanías: la Teofanía es pues
esencial para que haya una teología afirmativa posible. Es precisamente por lo
que, si la Divinidad es una y única, los Dioses, es decir, los Nombres divinos,
las Imágenes Divinas, las Imágenes teofánicas son múltiples. Ninguna ha de
cumplir las funciones de la Causa suprema. Confundir una estas Imágenes
necesarias con la Divinidad una y única volvería a instaurar un ídolo único en
lugar de otros, y el monoteísmo perecería en su victoria. Afirmar la unidad del
Esse, este Esse único siendo la misma divinidad, es afirmar la
misma esencia, pero ello no equivale para nada a afirmar la unidad del Ente.
Sería monstruoso decir que solo hay un ente. Sería un nihilismo metafísico que
la realidad se encarga de desmentir. Si se hace Dios un Summum Ens, el Ens
unicum, el Único existente, todos los otros entes se abisman en la in
diferenciación y la nada, todo el orden del Ser en la jerarquía de los entes
desaparece. Es quizá la ilusión de aquellos que se han embriagado mucho de
pseudo-místicos y lo que algunos interpretes en Occidente han designado
como el “monismo existencial” sin darse
cuenta de que este término comportaría una contradicción in adjecto, lo
existencial siendo esencialmente múltiple. En cuanto a la relación entre el Esse
unicum y los entia (este Unicum trascendente, de hecho el Esse
que hace ser en los entes), fue originalmente mejor formulado por nuestro gran
Proclo: es la relación entre la Hénade de las Hénades y las jerarquías de los
entes que monadisa haciéndolos ser. Efectivamente el ser-ente no existe mas que
como un ser cada vez (se trate de un Dios, de un Angel, de un
hombre, de una especie de una constelación, etc.). Ens
et unum convertuntur. Es por lo que nuestros grandes teósofos especulativos (“especulativos”
en el sentido de la palabra speculum, espejo) siempre han considerado
que el Sujeto activo del tawhîd, es el Uno mismo. El es el Uni-fico. Es
él quien hace de cada ente, de cada uno de nosotros, un ente, un único del cual
él es respectivamente el Único. Es lo que el místico Hallâj formulaba diciendo:
“La buena economía[5]
del Único es que el Único lo hace único”. De este modo
quizá nos vemos arrastrados bastante lejos del Ser y del ente en Heidegger. No es mas que una apariencia, puesto que es su pregunta la que nos ha
conducido a recordar este aspecto teosófico de la metafísica del Ser, por la
cual Ibn ‘Arabî sigue siendo nuestro gran maestro. Ve, acabo de decir que la
Teofanía (tajallî ilâhî) es esencial y ello en Imágenes múltiples
correspondiendo a cada uno de aquellos a los que y para los que ella se teofanisa.
Pero el Dios personal teofánico no debe asumir las funciones de la Causa
suprema que es el Absconditum. Es esta confusión, con sus planes
secundarios políticos, de la que el monoteísmo no se salva mas que por la
paradoja esotérica del Uno-múltiple. Existencialmente, diremos quizá, que es el
hombre quien se revela así mismo alguna cosa (alguien) como Dios.
Teológicamente, es Dios que se revela al hombre. La Teosofía mística especulativa
supera el dilema haciendo inseparable la verdad simultánea de los dos términos.
Revelándose al hombre, el Dios personalizado de la teofanía personal revela el
hombre a sí mismo, y se revela a sí mismo (a Dios mismo) revelando el hombre a
sí mismo y se revela sí mismo a sí mismo. De una parte y otra, el ojo que
observa simultáneamente el ojo observado. Toda teofanía (desde el grado mínimo
de la visión mental) se cumple en la simultaneidad de estos dos aspectos. Quizá
encontramos aquí algo similar a un neo-platonismo sobrepasado, pero la
superación es la obra de Ibn ‘Arabî mas que de Heidegger. Hay, ciertamente,
muchas investigaciones importantes a llevar a cabo sobre esta vía. Pero
mientras esperamos, la impresión que tengo es la que fue formulada por uno de
nuestros colegas, creo que Pierre Trotignon: la hermenéutica heideggeriana nos
da la impresión de ser una teología sin teofanía. P. N. Así, es, hay que
impulsar las investigaciones, porque hay por otra parte, esta temática de la
Palabra que fue en el fondo inaugurada en la época moderna por Heidegger, pero
que se conjuga igual de bien con la Tradición, principalmente la Tradición
bíblica, de la Palabra de Dios y aquí estamos en la tradición de lo sagrado.
Que este sagrado tome el nombre de Dios o que tome solamente el del Ser, lo que
importa en el fondo, es mas bien la diferencia ontológica en ella misma, la
diferencia entre el Ser y el ente, lo mismo que para las religiones hay una
diferencia entre un mundo mas alto y un mundo abajo. Si se toma entonces esta
diferencia en ella misma y para ella misma, ¿no encontramos una unidad de
inspiración entre Heidegger y la del resto del mundo de las Religiones? H. C. Comprendo bien su preocupación. Su pregunta nos conduce a interrogarnos sobre la relación entre el Logos
de la ontología heideggeriana y el Logos de la teología o mejor dicho:
el Logos de todas las teologías de las religiones del Libro. Recordaba
hace un momento ese adagio común a nuestros teósofos místicos y que no es otra
cosa que una reminiscencia del Evangelio de Juan (3/13): “Nada asciende al
Cielo, salvo lo que ha descendido de él”. ¿El Logos de la analítica
heideggeriana descendió del cielo para poder ascender nuevamente a él? Pues
pienso simbolizar de este modo su búsqueda de una inspiración común entre
Heidegger y lo que queda del mundo de las religiones. Pero, si podemos analizar
sin demasiado esfuerzo los procesos de laicización que han desacralizado lo
sagrado, no tenemos casi testimonio de una re-sacralización del laicismo.
Efectivamente, constatamos una promoción frecuente de la laicidad, concediendo
a esta los privilegios y prerrogativas de aquello que fue lo sagrado. No es mas
que una caricatura demoníaca. La laicización metafísica no se acomoda mas que
en la muerte de los Dioses, no en su resurrección. Es necesario entonces que
concentremos todo nuestro esfuerzo en la palabra “resurrección”. Todos los
sentidos que comporta implican la ruptura de un sistema bien ordenado de cosas:
un arrancarse, un salir de la tumba. La resurrección nos es anunciada después:
por el misterio de la tumba vacía. En revancha, las laicizaciones de nuestros
días, caricaturizando lo sagrado, se complacen en el pseudo-culto de la tumba
habitada. Y creo que el heraldo de toda resurrección, es por excelencia el Verbo
– el Verbo de soberana sonoridad divina. También de esta
forma muy pertinente su pregunta nos lleva al tema de la Palabra, a la
tradición bíblica del Verbo divino. Hay, ciertamente, en Heidegger una temática
de la Palabra. Pero no olvidemos que en este campo, nuestros amigos cabalistas
judíos, así como los cabalistas en la cristiandad y en el Islam, han sido y
siguen siendo después de los siglos nuestros mejores maestros y nuestros guías.
Han analizado admirablemente el fenómeno de la Palabra. ¿Como se convierte en
Libro la Palabra, como la Palabra escrita resucita en el Verbo viviente?. En
comparación, la temática de la Palabra, en Heidegger, me pareció tocada por una
ambigüedad: ¿Es un crepúsculo, un crepúsculo que sería la laicización del
Verbo? ¿O bien es una aurora, anunciando la palingénesis, la resurrección del
Verbo de la tradición bíblica? La respuesta dependerá de unos y otros y las
opciones descubiertas en estas respuestas me hacen pensar que, si la filosofía
de Hegel dio nacimiento a un hegelianismo de derecha y a un hegelianismo de
izquierda, la pregunta que Ud. plantea es de aquellas que volens nolens,
(lo queramos o no) pueden llevar a la filosofía de Heidegger, a dar a luz un
heideggerianismo de derecha y a un heideggerianismo de izquierda. Pero lo que me
parece esencial por el momento y que también parece atestiguar la coherencia de
nuestra conversación, es que su pregunta nos lleva a lo que fue nuestro punto
de partida. Yo había partido efectivamente de la idea de la hermenéutica en Heidegger,
del cual les recordaba los orígenes teológicos. Por eso, su pregunta sobre el
Verbo que está en el centro de la hermenéutica, nos reconduce a estos
orígenes. De este modo cerramos juntos el circuito
hermenéutico y es un buen signo. Creo que mi
propia experiencia, tal como he intentado trazar, es acorde con la preocupación
que denota su pregunta, en toda la medida en que, la hermenéutica
heideggeriana, surgida muy lejos de
Schleiermacher, fue para mí el umbral abriéndose ante una hermenéutica integral.
Precisemos aún más los rasgos. No creo que los cuatro sentidos inofensivos a
los cuales la exégesis medieval corriente se atenía, tuviesen la virtud de
arrastrarnos, hasta un nivel de ser impresentido, en una aventura hermenéutica
“sin retractación” ni retorno. En contrapartida hay una hermenéutica del Verbo,
impartida en las religiones del Libro, que ha
tenido siempre y por esencia, la virtud de producir una exaltación, una
salida, una ek-stasis hacia estos otros mundo invisibles que dan su verdadero
significado al nuestro, a nuestro “fenómeno del mundo”. Pienso, en el
cristianismo, en el gran gnóstico Valentin, en Joachim de Flore, Sebastien
Franck, Jacob Boehme, Swedenborg, F.C. Oetinger, y tantos otros. Tantos
testigos dan crédito junto con sus camaradas esoteristas del Judaísmo y del
Islam, que el fenómeno del Libro Santo, lejos de inmovilizar el desarrollo y la
iniciativa de los pensamientos, es el más vivo estimulante. Solamente, lo mismo
que otros han hablado de la necesidad de una “revolución permanente”, yo
preconizaría la necesidad de una “hermenéutica permanente”. Entiendo por ello,
ciertamente, no una acomodación a los descubrimientos históricos y
arqueológicos, desembocando lo más a menudo en reducir el “relato histórico”
del Libro Santo a las dimensiones banales de hechos diversos para los cuales se
tiene una explicación sociológica ya preparada, eliminando algunas palabras
superfluas, de una sacralidad un poco molesta. De ningún modo, la hermenéutica
permanente no altera ninguna palabra de la Tradición, cada palabra debe ser
conservada, pues converge en un nuevo encuentro fulgurante entre la Imagen y la
Idea. ¿Solamente,
Heidegger nos habría seguido en esta operación tendiendo a convertir el Logos
de su ontología en Logos teológico? Cuando tuvo que confrontar filosofía
y teología (un artículo que lleva este título), ¿en que sentido operó la
conversión? Y primero, ¿quien debe ser el Theos? he intentado decirlo,
pero la incertidumbre en que podemos estar ante su eventual respuesta es secundaria. Una “ortodoxia”
heideggeriana está fuera de propósito y tenemos que continuar nuestra tarea,
tal como la entrevemos. Quizá se encontrará en el conjunto de su obra inédita o
en alguna entrevista registrada, la indicación de una respuesta. Pero quizá
también puede haberse llevado su secreto para siempre consigo. Es por lo que
yo prefiero decir hoy simplemente, como se dice en árabe: Rahmat Allâh
‘alay-hi : Que la Misericordia divina sea sobre él. (Conversación grabada por Radio France-Culture,
el miércoles 2 de junio 1976. Texto revisado y completado según las notas
tomadas en aquella misma ocasión, antes y después). Henry Corbin [1] N.T.Prefijo latino que significa “que produce”, así benéfico = que produce beneficio [2] N.T. KN, Kun (árabe)
verbo Kâna “ser” en árabe, la “U” no aparece en la grafía aunque se
pronuncie. H. Corbin se refiere al “Kun fayakun” (Se! y fue) imperativo de
Al·lâh a la Creación para que actualizara su presencia (Corán 36-82) [3] N.T. Fiat, (Latin). Literalmente, dejemos que sea.
Orden, decisión, o estatuto de un poder autoritario [4] NT: he preferido traducir “résolue” por “resuelta” en lugar de “decidida”, quizá más clara, para evitar una cacofonía con la palabra “decisión”. [5] NT: Economía refiriéndose al término griego “Okonomos” o administración de una casa. |
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